“El
instante –relata Ernst Jünger– en que hacen aparición ante las posiciones alemanas en el
Somme los primeros carros blindados impulsados por
motores, es un momento de elevado rango en la historia de las guerras. El carro
de asalto es un medio de expresión de una nueva época de la guerra”. La idea no
era nueva, Jünger lo reconoce. Da Vinci
ya había pensado un tanque propulsado por
caballos u hombres con manivelas. H. G. Wells lo
imaginó como “largos y torpes insectos negros” y a vapor en “Land Ironclads”
(1903). Este fin de semana se cumplieron 90 años de la aparición en los campos
de batalla de un arma monstruosa que cambiaría la forma de la intuición bélica:
el Tanque. En realidad la fecha exacta es
15 de septiembre de 1916. Lo recordó, cómo no, la memoriosa BBC. El lugar geográfico del bautismo fue,
bautizado irónicamente por los british, “the Chimpanzee Valley”. Se trata, tal vez, del lugar en la tierra que
concentra más personas muertas de manera violenta y atroz: el triángulo formado
por Baupame, Péronne y Albert, en el noroeste de Francia. Un lugar
tenebroso que sin embargo inspiró poesía, prosa y literatura mayores, donde
convivieron en la penuria los mayores talentos de Europa.
El tanque
surgió como una nueva táctica del ejército inglés para quebrar el Stalemate de la guerra de trincheras. Se puso
muchísima esperanza en la nueva arma maravillosa, que era una evolución de un
tractor pobremente blindado que debía transportar artilleros, piezas y
armamentos vadeando las trincheras. Winston Churchill, joven Lord del Almirantazgo, creía que los “caterpillar” podrían principalmente transportar armas,
romper las alambradas y dominar la línea de fuego. Debían combinarse en ataques
con infantería, humo y gas mortal. Su primer fabricante fue William Foster & Co Ltd of Lincoln,
un manufacturero de trilladoras y máquinas de vapor móviles. Ya tenía un buen y
suculento contrato en 1914 para proveer tractores con motores de petróleo de
105 HP y vagones artilleros al ejército. De casualidad, esos tractores fueron
probados atravesando obstáculos varios, entre ellos una trinchera de
La Primera
Guerra Mundial, o “Great War”,
sacudió las estructuras sociales, económicas y demográficas de Europa más
profundamente que cualquier otro acontecimiento desde la Revolución Francesa.
Desencadenó procesos y dinámicas que modificaron radicalmente la forma de ver,
hacer y entender la política. Se derrumbó para siempre el Ancien
Regime, sea la monarquía victoriana, el zarismo o
el imperio Junker alemán. El gran matadero imperialista
acabó, cosa que nadie se esperaba, con el viejo status quo y se
despertaron y movilizaron nuevas figuras sociales, algunas creadas por la misma
guerra. En la cultura se vivió la gran crisis de la middle
class, una de las víctimas de la pobreza y
principal soporte del costo de los gastos bélicos. El resultado fue hambre,
explotación, éxodo, emigración y muerte. Esta decadencia tuvo consecuencias
nefastas, tanto en lo político-ideológico (fascismos) como en lo económico:
mayor concentración de la riqueza, depresión salarial. Lo cierto es que la
guerra aceleró procesos ya existentes, preparó el terreno para las
revoluciones, ya de derecha, ya de izquierda. No sólo Rusia y Alemania, toda
Europa central, Italia y en parte Francia estuvieron al borde de la revuelta
popular. Y un buen sismógrafo fue la misma cultura, la poesía y la literatura,
incluso la fantástica.
John Ronald Reuel Tolkien
describía en 1945 la Segunda Guerra Mundial como “the
First War of the Machines”. De la primera
guerra recordaba la matanza mecánica y el horror del servicio activo. Muchos
biógrafos explican su monumental obra, mitad escrita y mitad pensada en medio
de la mayor masacre de la época, como producto de la experiencia de la guerra y
el desencantamiento del mundo victoriano. Es enlistado en el 11th Lancashire Fusiliers. Pasó su primera noche en Étaples, el centro logístico de la BEF en Francia. Luego es enviado al frente
justo para la sangrienta y polémica ofensiva en la zona del Somme. En carta a
su hijo, Tolkien la llama simplemente “la
carnicería”. Después de una larga barrera de artillería británica sobre la red
de trincheras, los oficiales gritaban a las tropas: “¡No vais a necesitar
vuestros fusiles; todos los alemanes estarán muertos en sus trincheras!” Entra
por primera vez en combate entre el 14 y 16 de julio. Una compañía completa de
su división desaparece en la primera oleada del ataque contra un strong point alemán
en Ovilliers. Una
sola ametralladora arrasa a los hombres. Después de una carnicería de 48 horas
es relevada del frente, sin ganancia alguna. Lo trasladan de un lado al otro
del frente (¡cuarenta y tantas veces!). En la 25º
división es oficial de señales (teniente). Ha aprendido el código Morse, el uso
de señales y bengalas y los teléfonos de campaña (el “Fullerphone”).
Septiembre lo encuentra enterrado en una trinchera en Ovillers. Para tanto horror Francia
es una pobre compensación. Salvo el vino, odia la lengua (¿se inspiró en estos
babélicos chapuceos al crear el lenguaje “Elvish”?) y la cocina francesa. Los franceses le
parecen brutales, sucios e indecentes. Sufre de “Gallophobia”.
Con el bautismo del primer ataque de tanques, su división es enviada el 26 de
septiembre a Hédauville, apoyando la penetración
hacia el este. En un sucio y maloliente dugout
en Thiepval Wood revisa
durante dos días y noches, en un notebook que
no abandona, un cuento con un título provisorio: “Kortirion
among the trees” (Kortirion a través de los
árboles). Escribe un poema: “The Lonely
Isle” (La isla solitaria) cuando cruza el Canal de la
Mancha con su regimiento. Comienza parte del inconcluso “The
Book of the
Lost Tales” (El libro de los cuentos perdidos),
editado póstumamente como “El
Silmarillion”. En plena guerra de
trincheras ha nacido toda su cosmogonía. En una carta al profesor L. W. Forster (31/XII/1960) le señala: “’El Señor de los Anillos’
fue, en realidad, empezado como obra independiente aproximadamente en 1937, y
había llegado a la taberna de Bree antes de que asomara la sombra de la segunda
guerra. Quizás el paisaje ‘Las Ciénagas de los Muertos’ y las inmediaciones de Morannon deben algo al norte de Francia después de la
Batalla del Somme”.
El Mash Valley (Valle
machacado), como llamaban los soldados a la carretera de Albert
a Bapaume, se transformó en la segunda parte de “The Lord of the
Rings” en la pavorosa marcha a través de las ciénagas
putrefactas y llena de cadáveres de soldados anónimos. Sam
y Frodo, guiados por Gollum,
tratan tomar un atajo para llegar a Mordor: “A ambos
lados y al frente de los viajeros se extendían grandes ciénagas y marismas,
internándose al este y al sur en la penumbra pálida del alba. Unas brumas y
vahos brotaban en volutas de los pantanos oscuros y fétidos. Un hedor sofocante
colgaba en el aire inmóvil”, relata Tolkien en su
novela.
Tolkien sigue en guerra, participa de otro ataque
sangriento y absurdo sobre un reducto fortificado alemán, el “Schwaben Redoubt”
(actualmente hay un cementerio con 1.304 tumbas). Allí estaba su propio y
sangriento Morannon: “Al pie
de las colinas, de extremo a extremo, habían cavado en la roca centenares de
cavernas y agujeros; allí aguardaba emboscado un ejército de orcos, listo para
lanzarse afuera a una señal como hormigas negras que parten a la guerra. Nadie
podía pasar por los Dientes de Mordor sin sentir la
mordedura, a menos que fuese un invitado de Sauron, o
conociera el santo y seña que abría el Morannon, la
puerta negra”. Como Morannon, el “Schwaber
Redoubt” tenía una vigilancia insomne…y mortífera.
El último ataque, esta vez exitoso, fue contra la peligrosa saliente de “The Pope’s
Nose” a fin de septiembre. Tolkien y su compañía acaban con las letales
ametralladoras, toma más de treinta prisioneros y conversa en correcto alemán
con un joven teniente sajón a quién le ofrece agua fresca. Contrae la Trench Fever y es relevado del servicio a fin de ese año. Volviendo a la
retaguardia se encuentran con una columna de fabulosos tanques, el arma
secreta, arrastrándose como gusanos escandalosos hacia la línea de fuego. Un
oficial de caballería herido le comenta: “Neither horses nor riders
had ever seen, or heard,
any tanks before” (Ni los caballos ni los jinetes habían visto, u
oído, tanques antes). Tolkien no los olvidará: ahí
estarán sus propias máquinas fantásticas, sus propios tanques y asesinos
voladores en “Silmarillon”: los dragones-gusano como Glaurung; los Balrogs con alas.
A su hijo le confesó
años después que “I took to 'escapism': or really transforming
experience into another form and symbol with Morgoth
and Orcs and the Eldalië
(representing beauty and grace of life and artefact)…”.
O transformaba su amarga
experiencia en otra cosa… o llegaba la locura.
En noviembre de 1917 llega al hospital de Birmingham, la ciudad donde vivió su adolescencia. Sobre un cuaderno de
ejercicios escolares escribirá un título: “Tuor y el
exilio de Gondolin”. Luego lo tachará rabioso, para
escribir a continuación: “Un teniente en el Somme”.
Las memorias nunca las escribirá. No hacía falta. Su extraordinaria mitología
es, al mismo tiempo, una memoria de las trincheras y una crítica al
racionalismo industrial, al orden monárquico, a la uniformidad de masas, a la
sociedad de consumo. En la primavera de 1918 recibe la noticia que su batallón
completo ha sido aniquilado o tomado prisionero en la batalla de “Chemin des Dames” (reflejada en la famosa película de Kubrick, “Paths of
Glory”). En el Foreword a la
primer edición de “The Lord of the Rings” escribe: “One has personally to come under the shadow of
war to feel fully its opresión… By 1918 all but one
of my close friends were dead.” Uno tiene que salir de debajo de la
sombra de la guerra para sentir plenamente su opresión… Como decía un gran
poeta de la guerra, Siegfried Sassoon (que
combatía junto con Robert Graves muy cerca de Tolkien):
La guerra es nuestro azote, aunque la guerra nos
hace sabios,
y, luchando por la libertad, somos libres.