viernes, noviembre 10, 2006
Del lado de los verdugos: sobre "Les Bienveillantes"
de Littell
“Hermanos humanos, déjenme contarles cómo eso
ha pasado” ("Frères humains,
laissez-moi vous raconter comment ça s'est
passé..."). ¿Escucharían la confesión de un
verdugo voluntario de las SS que empezara con este proemio? Esta es la primer
línea de la novela ganadora del Prix Goncourt 2006, de un
autor desconocido y primerizo. Y ni siquiera es francés, ni vive en Francia. Su
título es: “Les Bienveillantes” (las benévolas o las
benevolentes, una guiño a Esquilo y las Erinias que
de tan vengativas y crueles eran irónicamente llamadas así). Son 912 páginas,
editadas en la colección blanca de Gallimard. Fresco
memorable y documento literario archidocumentado al
mejor estilo de Flaubert. El libro son las memorias en primera
persona de un empresario alemán de telas y encajes de hilo, Herr
Maximilien Aue, que vive en
el norte de Francia y explica cómo sesenta años antes fue ferviente
nacionalsocialista primero, miembro de la Sicherheitsdienst Reichsführer-SS (SD) y luego de las Schutzstaffel der NSDAP (SS), encargado de tareas de
“aniquilación” contra los enemigos del Reich. Al
recordar su pasado Aue reflexiona sin cinismo: “En fait, j'aurais tout aussi bien pu ne pas écrire.
Après tout, ce n'est pas une obligation. Depuis la guerre, je suis
resté un homme discret ; grâce à Dieu, je n'ai jamais
eu besoin, comme certains de mes anciens collègues, d'écrire mes Mémoires à fin de justification, car je n'ai rien
à justifier, ni dans un but lucratif, car je gagne
assez bien ma vie comme ça”.
(“En realidad, habría podido también no escribir. Después de todo, no es una
obligación. Desde la guerra, seguí siendo un hombre discreto; gracias a Dios,
nunca he tenido necesidad, como algunos de mis antiguos colegas, de escribir
mis Memorias como justificación, ya que no tengo nada que justificar, ni en un
objetivo lucrativo, ya que gano bastante bien en mi vida como está”). Aue se distancia de las memorias y recuerdos
post-fabricados, como los de Speer o las autojustificaciones estilo Heidegger.
Pero Aue es un cultísimo hijo de la clase media alta
(ama a Flaubert, Lermontov
o Stendhal), con formación universitaria en derecho,
hijo de un alemán y una francesa alsaciana. Perturbado por una relación
incestuosa con su hermana y con ciertas experiencias homosexuales, con la
llegada de la Segunda
Guerra Mundial recorrerá el auge y decadencia de las
victorias militares nazis. Guerrero-funcionario convencido, con una ética
burocrática patriótica bien prusiana, ejerce con profesionalidad su oficio de
matar y asesinar. Su fin es servir con abnegación y sacrificio a su nación
amenazada. Su ideal es la comunidad racial de los alemanes, la “Volksgemeinschaft”. Él era un oficial de las SS que
eliminó sin miramientos a comunistas, homosexuales, gitanos, guerrilleros,
minorías étnicas, bolcheviques, alemanes traidores. Perteneció a los temibles “Einsatzgruppen”, equipos especializados en
asesinato de masas, que seguían en segunda línea los avances de las tropas
normales del ejército alemán en el Este. El grupo al que pertencía
Max Auer, el
"C", seguía la ruta del Grupo de Ejércitos Sur, bajo el mando de SS-Gruppenführer
Dr. Otto
Rasch y se componía de los Sonderkommandos
4 a y 4 b
(Sonderkommando 4A comandado por Paul Blobel, quizá el alter ego de Auer) y los Einsatzkommandos 5 and 6, incrustados
en el Heeresgruppe C .Este grupo, que se dedicó al exterminio en
Ucrania, llegó incluso a trabajar en la misma Stalingrado.
Contra todo mito. sólo el 34% de estas tropas de asesinato masivo estaban
compuestas por SS. La mayoria eran policías
ordinarios o miembros de la
SD. Aue es un monstruo moderno,
adoctrinado, con profundidad teórica y conciencia política, seguro de sí
mismo: “Ce que j’ai fait,
je l’ai fait en pleine connaissance de cause, pensant qu’il y allait de mon devoir et qu’il était nécessaire
que ce soit fait, aussi désagréable et malheureux que ce fût” (“Lo
que hice, lo hice con pleno conocimiento de causa, pensando que se trataba
nada menos que de mi deber y que era necesario que esto se haga, por
desagradable e infeliz que eso fuera”).
El Prix Goncourt
fue creado en 1896 según la voluntad del testamento del historiador Edmond de Goncourt. El espíritu del premio fue expresado por Daudet como "le meilleur
ouvrage d'imagination en prose paru dans
l'année". Es decir: abría la posibilidad
de que el autor fuera o no francés. Generalmente el premio se anuncia en
noviembre en el restaurant Drouant (Place Gaillon,
Paris). El jurado de diez miembros estaba compuesto por François
Nourissier, Daniel Boulanger,
Robert Sabatier, Françoise Mallet-Joris, Didier Decoin,
Edmonde Charles-Roux, Jorge
Semprún, Michel Tournier, Bernard Pivot et Françoise Chandernagor. Littell compitió
hasta el final con una novela de un psicoanalista, “Marilyn, dernières
séances”, de Michel
Schneider (Grasset). El
resto de los finalistas eran Alain Fleischer, “L'amant en culottes courtes” (Seuil) y François Vallejo, “Ouest” (V. Hamy). Los votos
fueron de siete a favor de Littell contra tres para Schneider. El Goncourt
fue entregado por primera vez en 1903, recibiéndolos escritores como Barbusse, Proust, Malraux, Simone de Beauvoir, Tournier, Mediano,
Duras, Orsenna, Maalouf.
“Les Bienveillantes” ha causado un verdadero
terremoto cultural y político en Francia. Ha sido calificada de "Nouveau Guerre et Paix" (Le Nouvel Observateur), d'"évènement du siècle"
(Jorge Semprun, miembro del jury Goncourt), de "livre
le plus impressionnant jamais
écrit sur le nazisme"
(Le Monde), d'"éblouissant" (L'Express), de "passionnant"
(Le Figaro),
d'"impressionnant hommage
à la langue française"
(Renaud Donnedieu de Vabres, ministro de Cultura), sin olvidarnos de los
calificativos más rimbombantes: "Chef d'oeuvre",
"Ovni littéraire", "Hors norme".
Lo mejor de la prensa cultural anglosajona lo alaba sin dudar (New York Times, Publishers Weekly). Hay
voces discordantes: Claude Lanzmann
ha acusado a la novela de ser profundamente antijudía,
lo que ha avivado la polémica sobre el libro (y por supuesto, sus ventas). Su
autor es Jonathan Littell, de padre norteamericano de
origen judío (el escritor de novelas de espías, Robert
Littell, que es además un periodista de “Newsweek” especializado en el Cercano Oriente) y madre
francesa, su único antecedente literario es una oscura novela de ciencia
ficción escrita a los veinte años que abomina: Bad voltage (Signet
Book, 1989). Curioso pero parte de la novela
transcurre en la catacumbas de Paris. Nació en New
York en 1967, diplomado en la U. de Yale
en Arte y Literatura, trabaja desde hace un tiempo, siete años, en la ONG “Action contra la Faim”;
en su trabajo visitó países lacerados por la guerra y la limpieza étnica:
Afganistán, Yugoslavia, Chechenia y el Congo. Esta vivencia límite lo marcó: “es
una experiencia que me ha permitido empezar a comprender qué es lo que
convierte a las personas en verdugos, en asesinos. Ése es el tema central de mi
novela”. Actualmente vive en Barcelona con su mujer belga y dos niños.
Parece que habla y escribe en cinco lenguas (inglés, francés, ruso,
serbo-croata y ¡español!). Ha confesado en reportajes la influencia sobre su
escritura de Sade, Flaubert,
Genet, Blanchot, Bataille, pero también de la novelística testimonial de Vasiili Grossman y de la línea
clásica de Dostoievski y Melville.
Seguramente de Flaubert ha copiado su trabajo de
laboratorio: la recopilación documental es impresionante, durante cuatro años
ha visto archivos fílmicos y sonoros sobre la guerra y el genocidio, estudiado
los organigramas administrativos y militares, leído estudios históricos e
interpretativos (¡200 libros!) sobre Hitler, la Alemania nazi y en
particular sobre la guerra en el frente del Este. Además ha visitado
personalmente los lugares por donde pasará Aue: Karkhov, Kiev, Piatigorsk, Stalingrado… siguiendo las señales sangrantes de los grupos
de exterminio en el avance profundo a partir de junio de 1941.
Por supuesto: Littell ha sido comparado
con Shakespeare, Dante, Tolstoï,
Dostoïevski, Balzac, Genet,
Grossman, Visconti, Malaparte,…Céline. Semprún ha dicho que “a humanidad sabrá dentro de cincuenta
años, lo que ocurrió en Europa gracias a esta novela” y agregó: “no es una
novela francesa sino una novela escrita en francés. Su modelo es la gran novela
rusa del XIX, Tolstói o Dostoievski.
Para la cultura francesa lo que es importante es que el autor haya elegido el
francés como idioma. Eso prueba que sigue siendo una gran lengua de expresión
cultural”.
Littell no cayó del cielo en el Barrio Latino, es un
producto manufacturado al mejor estilo editorial posmoderno. Fue llevado al
mercado editorial francés por el agente literario inglés Andrew
Nurnberg, amigo de su padre y representante
literario. Según la leyenda urbana parisina, Nurnberg
presentó el manuscrito original (de 1.500 páginas, según las malas lenguas en
un mauvais
francés) a cuatro editores (Grasset, Calmann-Lévy, Lattès
y Gallimard) con el seudónimo de Jean Petit. El editor de Gallimard
sabía la identidad del verdadero autor y vislumbró en la temática de la novela
un posible Goncourt. Con un adelanto excesivo para
una primera obra (30.000 euros), la casa editora deriva el manuscrito a un négre, el cual
reescribe la obra en un francés correcto y reduciéndola al formato final, sin
modificar el estilo sombrío de Littell. En junio de
2001 esta novela prefabricada es presentada a influyentes del mundo cultural
parisino, escritores y journalistes littéraires,
que se presenta en el dossier de prensa como una gran oeuvre littéraire. Littell
adopta un aire misterioso, anti-vedette, al mejor
estilo Pynchon: no hace declaraciones, no acepta ir a
la televisión, no acude a la lectura de la decisión del jury y no prestó la tradicional
conferencia de prensa del ganador. El 21 de agosto sale la primera tirada de
12.00 ejemplares. Las signatures
de la prensa, muchos del catálogo de Gallimard, el
bombardero de los mass-media más el buzz parisino,
hacen que se haya batido todos los records para una primera obra en el mercado editorial
francés: 250.000 ejemplares vendidos. Desde septiembre aparece a la cabeza de
los mejores libros vendidos de ficción. En la Feria del Libro de Frankfurt batió cifras en las
ventas de derechos al exterior: 400.000 euros para la edición alemana; un
millón de dólares para la edición en EE.UU…. La
industria editorial cerró el círculo: el 26 de octubre Littell
recibe el Grand Prix du
Roman de l'Académie Française por mayoría absoluta. La cultura
francesa oficial está con una rara tendencia: tres de los grandes premios
literarios franceses han recaído en 2006 en autores cuyo idioma materno no es
el francés. Es el caso de Littell pero también de la
canadiense Nancy Houston, que ha obtenido el Femina
por “Lignes de faille”
(Actes du Sud), y el del
congoleño Alain Mabanckou,
quien ganó el premio Renaudot. con sus “Mémoires de porc-épic” (Seuil).
La versión castellana de "Les Bienveillantes"
no se editará hasta principios de 2008. La editorial es RBA, que publicará la
traducción en España. Las 900 páginas serán traducidas al castellano por la
premio nacional de traducción de España, María Teresa Gallego Urrutia. Parece
que la complejidad de la novela, su intertextualidad
y trasfondo histórico, hace muy difícil su traducción rápida. “Las
benévolas" o “Las benevolentes” son los dos títulos que se barajan para la
traducción, una obra por la que la editorial “luchó incluso a través de una
subasta por conseguir sus derechos en castellano”.
Parece que el trabajo de Littell es una
novedad creativa: una memoria desde el punto de vista del verdugo. La
perspectiva de una bestia parda voluntaria y militante. Este es el lado más
banal y criticable de la novela, pero como señala Semprún
“hay quienes critican a Littell porque aseguran que
se identifica con su protagonista y retrata a Aue
haciéndolo atractivo. No es cierto. O si lo es, entonces hay que decir que Dostoievski también se identifica con Raskolnikov
en Crimen y castigo”. El perspectivismo
del verdugo no es una novedad. Este cronista recuerda la novela, en forma no de
memoria sino de epistolario, del gran escritor serbio Borislav Pekic (perseguido por el régimen de Tito emigró
a Inglaterra en 1971). titulada en inglés: “How to Quiet
a Vampire” (“Kako
upokojiti vampiro”, 1977) (Now
Northwestern University Press, 2004). Allí, también un ex nazi, en este caso Konrad Rutkowski, profesor de
historia medieval en la
Universidad de Helidelberg, que
retorna a la Dalmacia yugoeslava (vacaciones a
Dubrovnik) en 1965, el lugar en que estuvo como oficial de la GeStaPo,
Obersturmbannführer,
en 1943. Es una novela de ideas desde el lugar del crimen. En sucesivas y cada
vez más profundas cartas (veintiséis en total) a su hermano político, a su
editor, a su antiguo comandante (un nazi convencido) y a un psiquiatra, va
recordando sus experiencias de guerra y ocupación, conciliando su ideología
liberal con su pasado de instrumento del terror. Fundamentando sus ideas
aparecen Marco Aurelio, Platón, San Agustín, Abelardo, Bergson,
Hume, Locke, Nietzsche, Kant, Hegel, Wittgenstein, entre otros.
Él era un liberal que colaboró con al SS-Staat para cambiarlo desde adentro. En los argumentos y
justificaciones de Rutkowski queda implicada, en la
conformación del fascismo y el nacionalsocialismo, toda la alta cultura
europea. Es una mirada al interior de la bestia y de cómo el anti-iluminismo, el modernismo reaccionario, la utopía
racial podían corroer hasta las costuras un espíritu culto. En sus remembranzas
crueles recuerda cómo arruinó su primer interrogatorio enviando a la horca a un
vendedor inocente y en otro caso como golpeó hasta la muerte a un detenido. Pekic mismo reflexiona sobre la ilusión perdida del liberal
europeo: “Rutkowski está equivocado cuando cree que
simplemente por ser un producto de la civilización cristiana y de la tradición pequeñoburguesa era inmune a los impulso atávicos y
bárbaros”. Los horrores que vuelven se representan con un vampiro al cual él
desea silenciar. Alucina que el vampiro habita un paraguas que poseía el
vendedor ahorcado; el paraguas perseguirá a Rutkowski
hasta causarle la muerte. En el nacionalsocialismo (y en futuras perversiones)
se muestra la tradición occidental como un sistema artificial, autoritario,
opresivo, disociado de la espontaneidad y la simplicidad de la vida. Las
ideologías totalitarias están ahí, incubándose y esperando reaparecer en
circunstancias cambiantes. Como dice el personaje: “Hay todavía mucha gente que
no ha hecho frente a sus propios vampiros”. Por supuesto otra novela desde el
interior del Behemot es la de Martin
Amis sobre un médico nazi que trabajó en los
experimentos de Auschwitz, “Time’s Arrow,
or the Nature
of the Offence”
(Vintage, 1992) (“La Flecha del Tiempo”,
Anagrama, 1993) o la extraordinaria colección de cuentos y nouvelles de William T. Vollmann, “Europe Central” (Viking Press, 2005), 2005 National Book
Award Winner Fiction, una serie de historias, sketches, cuentos
pareados, por ejemplo la del Feldmariscal Friedrich Wilhelm Ernst Paulus,
comandante del Sexto Ejército alemán aniquilado en Stalingrado,
tomado prisionero y colaborador del regímen de Stalin, titulada: “The Last Fieldmarshall” y la del
brillante general Andreï Andreïevitch Vlassov,
titulada “Breakout”, prisionero y luego colaborador
de los alemanes y ejecutado después de la guerra por Stalin.
Todas las historias se centran en un arco temporal entre la década del ’30 y la
posguerra, tanto en la
Alemania nazi y la
URSS, donde los dilemas morales se subsumen en un
extraordinario esfuerzo de los personajes por intentar ir más allá en sus
decisiones de las determinantes de la cultura autoritaria de sus épocas. A Vollmann, como a Littell, se le
acusa de ser ambiguo con los personajes nazis, de dudar de la incorrección
moral del totalitarismo.
¿Es válido escribir y tratar de entender desde el lado de los
verdugos? ¿Se puede aprender de la epopeya de un asesino de estado? El escritor
y editor francés Jean Cayrol, él mismo antiguo
deportado a Mauthausen, al comentar las biografía
novelada escrita por Robert Merle sobre el
comandante de Auschwitz Höess,
“La Mort est
mon métier”
(1952) en una artículo en la revista Esprit, había
denunciado la novela como un intento indebido de materializar en un cuerpo
novelesco “à ce qui n'était
qu'un monstre impossible à décrire”. En el caso
de Littell parece aplicarse el mismo virulento
precepto moral. Aunque, coincidiendo con muchos especialistas y viendo el
florecimiento no sólo de novelas sino de estudios históricos, sociales y
sociológicos desde el lado de los verdugos (y como caso piloto la discusión
sobre Günter Grass o Jürgen Habermas), que nos estamos
interrogando sobre el fenómeno del totalitarismo por primera vez de una manera
nueva. Escandalosamente nueva, diríamos ontológica, que nos permite
preguntarnos por los mecanismos de adhesión más profundos, por la estructura de
legitimidad, por el nivel micropolítico, por la
fascinación hacia Hitler o Stalin,
sobre el pasaje de la ideología a la acción. ¿Qué elecciones individuales
hubiéramos hecho, nosotros cómodos lectores, si hubiéramos vivido en Alemania
entre 1933 y 1945?
posted by Fliege
Cojonera at 1:51 PM
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Nicolás González Varela