Bush en la tele: la guerra, la barbarie y la miseria....
Concierto para comando
televisivo en sí sostenido
Cadáveres
Exquisitos
Fernando Buen Abad Domínguez.
Hay un
martillo sobre las sienes del reloj y un pájaro amoratado hace fuegos
artificiales en la oscuridad cúbica de la alcoba mientras la tele garabatea trazos
de muerte sobre cielos relampagueantes. Pasan 33 aviones y la noche es una
ciudad ensombrecida con misiles patrióticos como moscardones. ¿Duermo? Es tarde
y tabletean los dientes un terror inédito. Sobre la pantalla de la televisión
abunda cierta cordura de guerra. Esa tierra quema su sangre negra a borbotones.
Rechina en las
mandíbulas del televisor la palabra ejército. Mastica a oscuras destellos de mi
cuerpo mareado que se refleja en la tele, yerto, helado, atento, amorfo,
derrotado. El control remoto perdió la memoria. Las imágenes se atropellan
entre adjetivos de humo negro. Algunas palabras se retiran de la circulación.
Hay misiles enamorados del estrépito. Se besan se abrazan, bailan en simultáneo
sobre el cielo y sobre el techo una danza de alacranes y arañas. El presidente
de los Estados Unidos se disfraza de cangrejo y salta la página. No sé si la
guerra sale o entra de mis ojos... por mis ojos.
Todo esto
tiene una nota "artística". (Según las notas de prensa.)
Otro
cementerio está lleno a rebosar; muchos ya no encontraban sitio. Alrededor de
las ninguna del atardecer, cuando colgaban más cabezas nucleares, apareció una
comisión de aspecto parietal formada por cuatro ofidios con libros y pelos bajo
el brazo. Se inclinaban una y otra vez. Firmaban papeles. Un cuarto señor, vía
satélite, se entendía sin muchas palabras. Pronto tuvimos arcángeles batidos en
sangre lodosa y viceversa, al estilo antiguo, con un gesto no carente de
simpatía.
Nadie lo notó
pero para muchos el primer esplendor de la juventud quedó manchado
irremediablemente con sangre y petróleo. ¿De quién son todas estas voces? Sobre
la bóveda del cráneo, entre rayos paitriot, hay sinápsis nuevas. Exactamente. Hay orquestas musicalizando
funerales. Piezas humorísticas. Lo que más les gusta es tamborilear de arriba
abajo con misiles. Los fabricantes de la palabrería se confunden con
diplomáticos, los diplomáticos con periodistas, los periodistas con
funcionarios, los políticos con reporteros, los reporteros con soldados, los
soldados con ellos mismos. No reconozco esos ruidos. ¿Es un vals?
Una embriaguez
se apodera de todo. La noche amenaza con dislocarse. Mientras tanto, en
silencio, agazapadas públicamente, bajo el sigilo de lo desnudo, las bolsas
suben.
Miremos los
anuncios en la tele que son el único remanso de paz y humor. Tienen sílabas
decididas a enamorarnos. Nos dejan enhiestos sobre un carnaval encarnizado,
bien pertrechados con nuestras bolsitas del supermercado a medio llenar. Somos
patéticos. Hay hipodérmicas legendarias que nos gustan mucho. Los protagonistas
parecen personas de carne y hueso. La publicidad siempre comienza con gritos de
parto que acaban en danzas salvajes de sombras y larvas grises entre las
meninges. Lo cotidiano linda con el espanto. En la cúspide de su vida, en plena
riqueza y esplendor, los anuncios publicitarios se sientan a nuestro alrededor
y nos profesan cariño. Eso es todo lo que necesitamos. Aplaudan por favor.
Nadie debe
declararse contra la grandilocuencia de los misiles y las publicidades. Los
tomahawk son gordos, tienen estrías sobre la carne y las pupilas, recuerdan las
estrellas ordenadas como esquirlas muy rigurosas, rebosantes de color rojo y
poesía mostaza. Acatan la planimetría de los tanques para cambiar las auroras
por ocasos. Prefieren el esquema abstracto de los esqueletos calcinados que no
ignoran las complicaciones ocasionadas y no se dejan llevar por ellas.
Un sentimiento
salado se esparce como tanteo sobre lápidas. Los bombarderos tienen amoríos
enfáticos con el círculo, el cuadrado y las líneas bien delimitadas. Están a
favor de utilizar colores nítidos, violáceos... roji-negros,
y, en general, de introducir la precisión a toda costa. Defienden la división
geométrica del espacio emocional.
Lloran los
ojos y no es tristeza. Lo que más gusta a cada militar es su televisor,
preciso, hasta en el contorno más insignificante. Piensan con romanticismo
sentimental que el presidente es un televisor. Televisor delimitado frente a lo
indeterminado y nebuloso. Un militar que trabaja frente a su presidente
televisor no se equivoca. Como dios.
Detrás se ve,
entre la imagen de mi cuerpo transparente tatuado en la pantalla, un
fusilamiento que lanza retazos de vida a otro televisor que mastica apurado.
Los pies se enfrían. El reloj perdió momentáneamente la memoria.
Entretener al
público con episodios de guerra empuja de forma estimulante a lo
ininterrumpidamente ingenuo. Así somos los televidentes. No puede decirse que
la guerra en los últimos veinte años haya sido precisamente aburrida, ni que
los soldados modernos no sean muy entretenidos y populares. Una cosa es segura:
la guerra sólo es alegre cuando no rechaza la abundancia. La recitación en voz
alta se ha convertido en piedra de toque para cada disparo coleccionista de
países y personas vivas. Todo militar entretiene, amenaza y tranquiliza a la
vez. Uno empieza a reír de sí mismo por temor.
Un señor, a
quien disparan desde temprano presentó dos esquirlas humorísticas en el cráneo
lleno con canciones populares. Una señora desconocida sacó de sus heridas 7
poemas militares. Despegó del portaviones un aplauso atronador. Los avisos
tuvieron raiting. Sobre las calles cada persona se
transforma en escombro. Un señor distinguido hizo honor a la libertad del
lugar. La bandera de la cruz roja nos hizo bajar la mirada. Han quedado en el
oído algunas frases de metralleta.
Sobre un
teatro de operaciones bélicas se reblandece el aire de vez en cuando. Esto
anima a los espectadores. Se le considera arrogante y tiene aspecto de serlo. A
un buen militar le tiemblan las aletas de la nariz y las cejas se le arquean.
La boca escupe una contracción irónica, está cansada y sin embargo serena.
Canta su himno acompañado de quejidos, bramidos, crujidos de huesos, tableteos
de metralleta. No perdimos detalle.
Todo es
terror... todo es terrorismo. Un par de aviones inauguró otra ruta hacia las
avaricias. Se hicieron trizas los hierros, los colores y los cristales; el
cemento escurrió como gotas blandas desplomadas pesadamente. Los sonidos jamás
oídos se precipitaron. Desde entonces gritan las gargantas hinchadas con
absolutos. Desde entonces persiguen como lebreles los colores de todas las
tierras jamás vistas.
Los soldados
recogieron la totalidad de este tiempo innombrable con sus comodidades malignas
y locas, se hizo un ruido sordo de estrépito, una melodía esclarecida. Por eso
sonríe un portaviones Medusa tierra aire. Muchos puntos de audiencia.
Cuando
disparan introducen simetrías y ritmos. Una pincelada de NAPALM colorea los
campos con tintes históricos nuevos que son la alegría de nuestras clases
medias. Celebramos en simultáneo una bufonada y una misa de difuntos.
La boquita de un
cañón tira besos de muerte y algunas otras cosas graciosas. Mientras el éxtasis
no se adueñe de todo Irak el sainete no habrá logrado su objetivo. El ejército
necesita descanso. El salir a escena diariamente agota, desmoraliza. En medio
del trajín asalta un temblor en todo el cuerpo. Cuando no puedan ver las
noticias dejen todo y huyan.
Por primera
vez los encabezados de prensa muestran a un soldado que enfermó de
profundidades inexplicables e inabarcables. Su hipersensibilidad clarividente
fue su punto de fuga. No pudo sustraerse a las impresiones ni refrenarlas.
Sucumbió a los poderes subterráneos. Es que los estilos de invasiones en los
últimos veinte años se dieron cita ayer. Tres o más voces simultáneas
bombardean, hablan, cantan, silban y cosas similares, de tal modo que sus
misiles forman el contenido elegíaco, divertido o extraño de la guerra. En
tales bombardeos simultáneos se expresa de forma drástica la tenacidad de una
voz, una gran voz, una única voz.
Es el valor de
la voz. La voz humana representa el alma, la individualidad, en su vagar entre
escombros demoníacos. Los ruidos representan el telón de fondo, lo
inarticulado, fatal, determinante. Enmarañamiento mecánico que tanto asusta a
los delfines. De forma abreviada, el televisor presidente muestra el conflicto
con las armas de destrucción masiva, que nadie encuentra, y que hacen ruido de
páginas periodísticas y noticieros. Cadena de ruidos exquisitos.
Un niño iraki estaba especialmente preparado. Fue ejecutado en
túnicas negras y con temblores exóticos, grandes y pequeños, ante un tribunal
de metralletas. Proporcionó las melodías para el fusilamiento nuestro estimado
canal de televisión. Hubo también bailarinas. Un enviado especial ya entrado en
años, que hace las delicias de muchos miles de personas con sus reportajes
objetivos y encantadores, aparece siempre con un abrigo negro de esclavina
amplia, y al pasar entre los muertos, roza con ella los charcos de sangre.
¿Alguien lo vio?
Con donaire
los soldados ignoran que hay un cielo desaparecido. ¿Cómo es posible? ¿Que no
son idénticos la muerte y el demonio? Y quienes han muerto, ¿ha vivido
realmente? El presidente discute a gusto, aunque, o porque, en el fondo no
escucha en absoluto las explosiones. Sabe demasiado, por instinto, como para
hacer caso de palabras e ideas. Eso incluye a la verdad. Discute las teorías
militares de las décadas últimas, y lo hace en un sentido que atañe a la
esencia dudosa del propio Dios, a su completa anarquía, a sus relaciones con el
público, la raza y la cultura de la sangre. Se puede decir que la guerra no es
un fin en sí mismo –para ello sería necesaria otra tanda publicitaria-, sino un
estilo épico nuevo. Esto último no parece en absoluto una cosa tan fácil como
en general se tiende a creer. ¿Qué significa un épica nueva tan heroica y
armónica, si nadie la ve por televisión porque no puede encontrar comentaristas
con la sensibilidad de la época? La guerra es sólo una ocasión, un método. Con
Visa, Master Card o American
Express.
¿De dónde iban
a venir la calma y la sencillez, si no de la épica nueva? También el estilo
cortés y peripatético de la guerra es sólo apariencia. Ella se almacena
diariamente en millones de barriles. La mascarilla mortuoria lo revela, del
optimista no puede apreciarse mucho en estos casos. Una investigación honrada
no podría disimularlo. El odio, la terquedad, la pedantería, la alegría
instintiva, el mal ajeno y el deseo de venganza, todo esto como capacidad
racial, fisiológica, superiores como los soldados... muestra nuestra
televisión. Pero si uno no llega a ver el carácter amoroso y auténtico de esta
guerra, el carácter específico, pese a todo el tanteo y la búsqueda, ¿cómo va a
poder amarla y cuidarla?
Un palimpsesto
de desfiguraciones. Es posible que nuestras inversiones permanezcan intactas
aunque todo se complique aún infinitamente. En su fantasía, que procede del
escepticismo consumado, la guerra de nuestro tiempo tiene que ver sobre todo no
con Dios, sino con el televisor presidente.
A eso de las
doce de la noche viene otro noticiero. La guerra interrumpirá a la publicidad.
Cada misil cuando estalla susurra: "esta época es nuestra". Cámaras y
micrófonos logran capturar esos instantes. ¿Qué otra cosa puede ser más
respetable e imponente?
¿Echan de
menos a los posos petroleros? Sin publicidad la televisión no puede producirse
ni hacerse perceptible. La publicidad es petróleo aéreo. Hace funcionar la vida
de dos formas: como un triunfo moral y como sacerdocio. Un periodista debe
aspirar a eso por su época y su entorno con una actitud igualmente conciliadora
hacia la forma y hacia los hidrocarburos. Los periodistas están ante la puerta
de un mundo "on line".
En efecto, su existencia ya fue demostrada por el paisaje y por la palabra
dinero. Pero también muchos envejecieron por animar la guerra sin orgasmos. En
las encrucijadas de los cielos las luces de la guerra, vigilantes y atentas,
espían los sueños de los periodistas que lamen su gloria en el hocico de la
barbarie.
Toda acción de
guerra es parto de funerarias que decentemente, como crisantemos lavados, son
base única del entendimiento. No importa si refunfuñamos. La guerra a nadie
ignora y a aquellos que sepan interesarse por ella recibirán, con sus caricias,
una buena ocasión de poblar el país con periodistas.
Se mezclan los
colores en cada destello de misiles que pintan el cielo con pólvora. El soldado
aprecia al jefe. Es feliz si se le insulta: eso es como una prueba de su
coherencia. El soldado elogiado por los periódicos, comprueba la utilidad de su
obra y cubre los andrajos de la brutalidad con microbios tipográficos.
Decretamos dureza contra toda inclinación a las lágrimas. Cualquier debilidad
no será más que diarrea almibarada. Alentar una guerra semejante significa
obras fuertes, rectas, precisas y, más que nunca, definitivas y renovadas. La
lógica de esta guerra es guiar a las naciones rumbo a los bancos
internacionales. Es su incesto, que fornica consigo y nos devolverá soltura,
entusiasmo y la alegría de los plazos fijos con esa inocencia que nos hace
bellos. Casi sutiles como los dedos que resbalan sobre un revólver liquido.
Sobre el
firmamento de las estrellas polares un solo chorro de gas mostaza puede ser la
verdad nueva. La deificación de esta gesta causa el carácter nuevo de la televisión
como apéndice de una moralidad de soldado que debuta en la vida con un don
espontáneo de publicista, alentado por un ambiente simpático que podría llegar
a ser algo verdaderamente grande y maravilloso. Cerca del final de esta guerra,
es decir, llegada la hora de la escena académica, en unas sillas de ruedas, se
dictarán conferencias de oráculos profundos y consejos de redacción. Volvimos a
ver hoy la matanza y es realmente divertida. Los domingos hay resúmenes con lo
mejor de la semana.
En este momento
hay una inmensa cantidad de militares. Llueven frases ingeniosas. Sus cabezas
giran e irradian fulgores etéreos. Hay un partido de los intelectuales, una
política del intelecto, algunas sutilezas hacen difícil la transmisión vía
satélite. Hay cinturones intelectuales, botones de camisa intelectuales, los
periódicos rebosan de intelecto. Si esto sigue así, la estrella de esta guerra,
la estrella de muchas noches de guerra entre misiles, arbusto en flor, revivirá
canciones de cuerpos tendidos sobre las calles de Bagdad ya debilitada por el
dolor.
Si nos
descuidamos, una seriedad melancólica dará al bombardeo aires de desdén y
solemnidad distinguida. Así son los cadáveres. Se necesita más ironía para
arreglárselas con la época. Hay gestos de gladiadores en algunos muertos
banquete raído y reseco. Como ningún tipo de guerra, política o confesión
parecen poder contener este desbordamiento, lo único que falta son chistes y
sangre nueva. Un sorbito.
Las personas
resultan baratas. Hay rebajas por liquidación de las filosofías. Hay una secta
cuyos adeptos están, todavía, embriagados con sangre vietnamita y se hacen
envolver en banderas con estrellas. Para ser exactos: dos tercios de las balas
producen sonidos a los que ninguna sensibilidad puede resistirse, son los
conjuros más viejos del plomo. El uso de palabras voladoras en la tele nos
llena de magia, poder hipnótico, irresistible y fluido. Son estas las veladas
de una sola palabra o frase que, indolente o apática, opone poca resistencia a
la muerte.
Mientras miro
mi reflejo en destellos sobre la pantalla del televisor, adueñado de lo que
queda de mi cuerpo, el desolladero crece y se aferra al prestigio de la
grandiosidad militar. Se hace posible lo imposible, reina un ambiente que no
puede ser perturbado ni por el parpadeo de los ataúdes.
Por momentos
los soldados parecen avestruces en un camposanto. Esta es la diferencia. Sólo
una cosa es importante: Participar en una campaña militar. Otra ojiva
quirúrgica se abre paso entre la fuerza ciega. Una pregunta aparece donde se
presenta lo irremediable. Entonces los soldados meten la cabeza en el agujero
de los muertos.
Mis piernas
están en la caja azul y brillante que me ciñe la cadera, los anuncios
publicitarios hacen sobre mi pecho una llaga púrpura, fuera de foco, y, sujeta
al cuello, una congoja bien apretada. A la penumbra se une un sombrero en forma
de chistera alta con rayas azules y blancas. Hubo un estruendo auténtico, la
transmisión vía satélite se interrumpió por instantes eternos. Tuvimos curiosidad
y terror. Como no pude huir me hundí en la oscuridad.
Algunos
anuncios se hicieron más pesados, aumentaron su énfasis a medida que se
agudizaron los bombardeos. Me doy cuenta de que quiero salir de aquí (y lo
quiero a toda costa), me sobrepongo aturdido. Me doy cuenta de que mi voz, a la
que no le quedaba otra salida, adoptó la cadencia del noticiero sacerdotal. No
sé qué me inspira esta situación eclesiástica ante el púlpito televisivo.
Arrebato a la pantalla mi rostro pálido y desencajado que se incendia entre
misas de difuntos y coroneles anhelantes, como boca del fusil. Trato de pegar
mi rostro rescatado sin que se noten los pliegues... fracaso tres veces y me
resigno a un rostro que ya no me expresa porque no puede. Entonces se enciende,
como estaba programada, la radio despertador que también trae noticias y
anuncios. Me abraza otra nausea. ¿Estoy despierto? A las 5 de la mañana bajo de
la cama como un obispo ebrio de petróleo y cubierto de sudor televisivo.
(Publicado en
el Libro: "En Pie de Guerra" Obra Colectiva, Laboratorio de Escritura
Creativa, diciembre de 2003)
"...no
pueden pretender que nos traguemos con gusto el desagradable pastel de carne
humana que nos sirven. No pueden exigir que nuestra nariz temblorosa aspire con
entusiasmo el hedor a cadáver. No pueden esperar que confundamos con heroísmo
el embotamiento y la insensibilidad que cada día se revelan más funestos.
Tendrán que admitir que hemos reaccionado de forma muy comedida, incluso conmovedora.
Los panfletos más penetrantes no han alcanzado a arrojar suficiente desprecio y
sarcasmo sobre la hipocresía generalizada". Hugo Ball
--
Dr. Fernando
Buen Abad Domínguez