Pequeño perfil de un gigante

Emilio Rodrigué evoca a Enrique Pichon Riviere

 

Contactos superficiales y profundos, contactos dramáticos. Los contactos superficiales fueron amenos. Largas conversaciones, generalmente en tertulias, donde yo escuchaba y el discurseaba. Supervisiones en su consultorio forrado de libros. Recuerdo algunas 'salidas' suyas espantosamente afiladas. Recuerdo también una partida de fútbol de analistas versus neuróticos, donde Enrique jugo de wing izquierdo y donde los neuróticos eran los buenos mozos. Recuerdo whiskies en el bar de Las Heras y Pueyrredon. Yo concordaba con todo lo que decía. Solo en un punto diferí: el pensaba, erróneamente, que La Vie En Rose de Edith Piaf era sacarina pura. Pero, parafraseando a Caetano Veloso, nadie de cerca es perfecto. Enrique Pichon Riviere, dicho sea de paso, distaba de ser perfecto. El no era fácil.

Contactos profundos. Tengo flashes de varias épocas. Nadie que haya estado presente se olvida de las aulas de psiquiatría de los sábados, en Vieytes. Fueron en la tradición de Charcot y contemporáneas con las de Lacan en Sainte-Anne; estoy hablando de 1946. Pichon tenia 39 años, la edad de Freud cuando dictaba sus cursos en la Universidad de Viena. Algo memorable.

Luego estuve engolfado en un articulo muy importante y que no me salía. Era sobre un chico autista, solo que no sabia que era un chico autista. Meses dribbleando paginas en blanco. Enrique me dijo todo lo que tenia que saber y en poco tiempo parí uno de mis textos que más me gusta. Estas cosas para mi son profundas, dejaron raíces. Por ejemplo, Enrique fue la única persona que comento mi primer ensayo psicoanalítico; esas cosas no se olvidan. E1 me introdujo en la obra de Melanie Klein que fue definitoria en mi vida. E1 me dio una idea de lo que era ser culto.

Enrique Pichon Riviere fue mi maestro si pensamos que los verdaderos maestros no tienen discípulos. El maestro se 'anula' en el momento de la transmisión. El fue, como dice Ulloa, un maestro despreocupado de serlo.

Luego están los encuentros dramáticos. Aquí impera la ironía trágica. E1 primero tiene valor en función del segundo. En 1948 me pelee con mi analista y la joven APA, puberalmente alarmada, paso un decreto prohibiendo a los didactas tomar candidatos en mi condición. Huérfano de analista, fui a ver a Mimi Langer y a Enrique. Ambos me consolaron, solícitos, estaban conmigo, pero no me tomaron, bajo el rigor de la ley.

E1 segundo encuentro dramático viene con gusto a culpa. Ocurrió durante mi presidencia de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA), ahí por 1966. Enrique era un miembro moroso, hacia años que no daba seminarios en la institución, ni asistía a eventos, ni pagaba, sobre todo no pagaba. El, internamente, había roto con la institución. Después de muchas vueltas, la Comisión Directiva, que yo presidía, decidió expulsarlo de su condición, aunque creo que esa no es la palabra para el socio deudor. Hoy en día me pregunto: por que no lo nombramos Miembro Honorario, aun a despecho de el mismo? Que pena! La respuesta es simple, de cerca nadie es lucido. Mejor dicho: en el seno de una institución como la APA, nadie, sin animo de ofender, es lucido.

Creo que las palabras de Masotta vienen al caso: 'La vida de Pichon Riviere fue una deriva y, en su camino, el nos involucro a todos de una manera particular. E1 tenia algo de la imagen del Santo, al que todo se le perdona'. Cierto y errado. A Enrique Pichon Riviere, en cuanto genio, todo se le perdona, porque no hay nada a perdonarle; Enrique Pichon Riviere, en cuanto hombre, naufrago en una deriva, en buena parte porque la gente nunca perdona a los genios.

E1 hombre tiene la estatura de lo que su mirada alcanza. Desde esa óptica, Enrique Pichon Riviere fue un gigante.

(Publicado en el Suplemento "Cultura y Nación" del diario Clarin)

 

 

 

REPORTAJE AL PSICOANALISTA
ARGENTINO EMILIO RODRIGUE, RADICADO EN BAHIA
“El análisis no paga al 7 y medio” En diálogo con el psicoanalista Sergio Rodríguez, el legendario Emilio Rodrigué habló de su práctica en diversas terapias, y de su experiencia con alucinógenos, y de qué pasa cuando se termina un análisis, y de cómo llega a formarse un analista, y “del planeta Tierra tumbado en el diván”.

Emilio Rodrigué, a los 79 años, visitó Buenos Aires para presentar su último libro, autobiográfico.

Por Sergio Rodríguez

Emilio Rodrigué visitó la Argentina. Ex presidente –y luego disidente– de la Asociación Psicoanalítica Argentina, emigró en la década de los 70, perseguido por el terrorismo de Estado de la Triple A; desde hace 25 años vive y trabaja en Bahía, Brasil. Autor de numerosos libros –entre ellos la novela Heroína y Freud, el siglo del psicoanálisis–, en Buenos Aires presentó El libro de las separaciones (Editorial Sudamericana) y dialogó con Página/12.
–¿Qué obtuvo de su experimentación en campos tan diversos como los grupos, el psicodrama, la Gestalt, las comunidades terapéuticas, terapias alternativas, hongos alucinógenos y otras drogas?
–Yo comencé con los grupos allá por el ‘50 y era en contra de la ortodoxia, en contra del dogma. Después vino la comunidad terapéutica, y ahí sí se me abrió un nuevo panorama. Para mí fue una experiencia fundante; que redefinió mi papel de médico, de psiquiatra (lo cual nunca fui). Me dio una nueva forma interactiva de operar con la transferencia. Vamos a ir en escala ascendente de marginalidad, o de trasgresión. Psicodrama: lo seguí mucho a Tato Pavlovsky; hay cosas del psicodrama que seguiría haciendo siempre: por ejemplo, un grupo con adolescentes sólo lo veo posible como psicodrama. En sesiones individuales prolongadas, el rolplaying desempeña un papel muy importante. En cuanto a las psicodrogas, con Rebe Alvarez de Toledo comencé experiencias terapéuticas con ácido lisérgico. Es una droga muy pesada, no es ningún picnic. Ni hablar del hongo: ésa fue una experiencia lindísima que hice en México, donde me sentí poseído por el hongo. Fui a tomarlo a Huatla, la tierra de los mazatecos. Me sentí poseído por el hongo, al punto tal que me peleé con la hechicera, porque cantaba canciones católicas y yo no quería saber nada de eso; yo era indio. Yo era un superindio. La hechicera se impacientó conmigo, hizo un buche de agua fría y me lo escupió. Me paralizó; fue como si me clavaran mil alfileres. 
–¿Por qué la llama “terapéutica”? ¿De qué lo curó?
–Me abrió la cabeza, vi otros mundos. La marihuana, por otra parte, es una droga más doméstica, que consumo ocasionalmente y que nunca me dio una sensación de dependencia. Me hizo bien. En El libro de las separaciones digo que la marihuana fue mi cuarta maestra; me dio una nueva dimensión de mi subjetividad.
–¿Qué le enseñó la cuarta maestra?
–Me da lucidez. Me pongo inteligente. Me activa la red asociativa, me da una dimensión más profunda de las cosas. 
–¿Y la experiencia en Esalen? (La comunidad terapéutica más célebre desde los años 60, en San Francisco.)
Esalen es un sitio muy especial. Uno se aísla del mundo, no hay radio, ni TV, ni dinero, ni nada. Una comida buenísima; muy sana. Termas donde pasás buena parte del tiempo en bolas tomando baños en aguas sulfurosas. El primer día, te sentís medio raro. Luego aceptás tu desnudez y la de los otros. Creo que hoy iría para descansar. Aprendí a hacer masajes, recibí muchos masajes. Las terapias como la Gestalt o el Reiki no me interesaron mucho. Te diría que es una Disneylandia para psicoterapeutas. Fue, eso sí, un período que llamo de los Psicoargonautas, donde éramos trotamundos. Hice un laboratorio divertido en Holanda, con otras veinte personas más, que se dividían en parejas. La pareja preguntaba: “¿Quién es usted?” y uno comenzaba: “Soy Emilio Rodrigué, soy de tal lugar, soy...”, durante cinco minutos. Después uno le preguntaba al otro lo mismo. Eso durante dos días. Desde las siete de la mañana hasta las siete de la noche. Nos volvíamos completamente locos. 
–Decir mucho quién uno cree que es vuelve loco... 
–Sí. Porque uno no sabe quién “uno es”. Pero, en serio, fue un período importante en mi vida. Luego traté de menospreciarlo, sobre todo con mi vuelta a Freud. Pero creo que fue una experiencia rica, hasta riquísima. Estoy contento de haberla tenido. 
–Usted fue uno de los fundadores del grupo Plataforma, que se escindió de la Asociación Psicoanalítica Argentina a principios de los 70. Ustedes creían que era bueno meterle una inyección de política revolucionaria al psicoanálisis. Pasaron los años, cayó el Muro de Berlín, el neoliberalismo impuso la tiranía del mercado: ¿es bueno meterle política revolucionaria al psicoanálisis o habría que usar el psicoanálisis en el análisis de la política? 
–Recuerdo una discusión con la psicoanalista Mimí Langer en la que le decía que para mí el inconsciente tiene política. Para Mimí, la política tenía inconsciente. De alguna manera definíamos nuestras diferencias. Ahora creo que no se trata de ninguna de las dos cosas, pero lo que nosotros hicimos fue válido: inyectarles cambio, apertura, a las instituciones. Nosotros no intentamos revolucionar al psicoanálisis, sino a la APA, a la IPA. Resultamos eficaces como efectos, pero no fuimos al fondo del problema. 
–A esta altura, ¿cuál le parece la potencialidad curativa del psicoanálisis? ¿De qué puede curar y hasta dónde?
–Tengo un artículo sobre eso, donde digo que el psicoanálisis cambió la faz de la Tierra. El planeta Tierra, después de haber estado cien años tumbado en el diván del psicoanálisis, un día se levanta, da la mano, dice “Gracias, doctor” y se va. Fue un tratamiento exitoso. Creo, repito, que el psicoanálisis cambió la faz de la Tierra. Por otra parte, hoy en día tiene mucho menos efectos terapéuticos dramáticos que en 1920. Los psicoanalistas quizás estén en extinción, pero el psicoanálisis como doctrina, no. ¿Está de acuerdo?
–Más o menos. Considero, como usted, que el inconsciente tiene política, ya que lo que mueve al inconsciente es el deseo y el deseo promueve una política. Y estaría de acuerdo en que la política tiene inconsciente, en el sentido de que las masas y los dirigentes políticos se mueven sin saber por qué. El porqué está en el inconsciente de cada uno y en su articulación al lazo social. En ese sentido, creo, la idea de que el psicoanálisis fue más curativo en 1920 puede referirse a que, aunque Freud no creía en la ideología, produjo efectos ideológicos, por ejemplo tirar abajo la moral victoriana. Pero, en el sentido más cotidiano del tratamiento de los sujetos, aportes provenientes de Ferenczi, de Lacan, de Winnicott y de algunos de nosotros siguiendo esas escuelas logran más efectos que en el ‘20. Por ejemplo, las esquizofrenias son mucho más tratables. Bueno, ¿podría definir qué rasgos fundamentales le indicarían que alguien llevó su análisis hasta lo máximo que éste le pudiera dar?
–No. Pero si busco aproximaciones, tuve más esa sensación en los análisis de niños. Aparecían en el juego rasgos de que alguna cosa se había consolidado y que había habido una transformación. En el análisis, yo no me acuerdo casi nada de mis pacientes. Cada vez que termino un análisis se me produce una especie de apagón o de olvido. En términos del juego del siete y medio, rara vez “siete y medio, pago”. 
–Nunca tiene la sensación de que un paciente termina en siete y medio: siempre hubiera podido seguir un trecho más. 
–No. Tengo la sensación de que ya se acabó, pero no en un happy end. Nunca he tenido una sensación estática, redonda. 
–¿Cuáles plantearía como las rutas principales para la formación de un analista? 
–Mientras escribía la biografía de Freud noté que durante mucho tiempo él varió sus recomendaciones sobre lo que era bueno para un analista. Al principio le tenía mucha fe al autoanálisis. El y Ferenczi hicieronanálisis cruzados. Después, tardíamente, aparece privilegiado el análisis personal. En 1928 vuelve al autoanálisis. Me he planteado algunas veces que la principal herramienta analítica es el análisis personal, pero ¿cuál es el precio que pagamos por eso? ¿Qué pasaría con analistas no analizados? Digo que pagamos un precio porque esa cosa cismática actual me molesta mucho; creo que es intrínseca al análisis como efecto de transferencia. Para mí, las múltiples fragmentaciones en cismas tienen que ver con las transferencias.

La amable espiritualidad

 Oraciones para sanar, Usted puede salvar su vida, Sana tu cuerpo, Magia con ángeles, Cuidando a los ángeles, El mensaje oculto de los sueños, Más allá de la oscuridad: mi viaje a la muerte, Los planetas interiores, Jesús, sano, saludable y sanador, Astrología y destino, Cómo hacer su propio horóscopo, Magia blanca, Esoterismo gitano, La edad de oro de la paranormal, Diccionario de las piedras que curan, Autocuración con plantas mágicas, El don de sanar, Sanar es un viaje: el poder de la mente y del espíritu en la superación de enfermedades graves, Bioenergética: la pulsación de la conciencia, Veinte lecciones espirituales para crear la vida que usted desea, Las siete leyes espirituales del éxito, Paz, amor y autocuración, Taichi, yoga, hipnosis y autohipnosis, El poder de la mente, El crecimiento espiritual: más allá de la nueva psicología, Tu yo sagrado, Oraciones que curan. Las librerías de Buenos Aires (como las de todo Occidente) tienen secciones completas dedicadas a estos títulos prometedores, cuyos autores consagrados son Louise Hay, Brian Inglis, H. Benson, William Proctor y los médicos Deepal Chopra, Larry Dossey, Bernie Siegel y Carl Simonton, entre otras celebridades. Los libreros aseguran que éstos son los verdaderos best-sellers, que se venden por decenas a mujeres de mediana edad. Quizás ellas sean las compradoras, pero no las únicas que los consumen.

 Hace pocas semanas, la revista norteamericana Time hizo tapa con el tema "Fe y sanación": la fotografía de una muchacha de ojos un poco desorbitados que mira fijamente a nuestros propios ojos. ¿Una sanadora? ¿Una sanada? ¿Una rezadora de oraciones que curan? ¿Alguien que se curó porque otros rezaron por ella? Posiblemente todo eso junto, ya que se trata de una fotografía producida en estudio, tan diseñada como la de un extraterrestre, para que la tapa fuera un icono de la nueva espiritualidad: una imagen fin de siglo, que evoca el prerrafaelismo  por el movimiento del pelo y los colores del fondo, pero que, al mismo tiempo, no prescinde del costado sexy puesto de manifiesto en la cintura desnuda y las caderas envueltas en gasas orientales (de un Oriente de teatro de revistas).

 Los vagones de los subtes de Buenos Aires, por su parte, mostraban hasta hace poco la publicidad de la disciplina más espiritual que Oriente transmitió a Occidente: Indra Dehvi promocionaba con su figura ascética (una especie de Madre Teresa menos doliente) los cursos de yoga, relajación y meditación, en una oferta que no olvidaba a los ejecutivos, a quienes se les ofrecían horarios especiales, ni a los desconfiados, a quienes se le prometían demostraciones gratuitas. Indra Dehvi posee un currículum en la materia que incluye viajes por geografías espirituales y temporadas en la India. Sin embargo, cualquier profesora de gimnasia "yoga" imparte a sus alumnos lecciones de espiritualidad en las que se mezcla todo con todo. No puedo olvidar un diálogo escuchado en el vestuario de un club de Buenos Aires. El tema era las piedras que curan, y una de las interlocutoras se refirió a las bondades de la piedra de láser, incorporada sorpresivamente al mundo de la parageología.

 La lengua cotidiana, tan sensible a estos cambios, incorpora ondas y vibras. Un "nuevo espiritualismo" difuso se ha convertido en cultura común incluso para aquellos que no se sentirían parte del movimiento.

 Es inevitable que todos los argumentos aparezcan mezclados. La venerable revista Time afirma que, según un estudio realizado en Dartmouth (sitio académicamente irreprochable), "una de las más fuertes variables de predicción de supervivencia después de una cirugía a corazón abierto es el grado en que los pacientes consideraron que su fuerza y bienestar provenía, de sus creencias religiosas". Así dicho, probablemente habría poco que objetar: quienes rezaron estarían psicológicamente mejor preparados para las batallas del posoperatorio, acompañados por otros laicos que también rezaron o por pastores y sacerdotes. En fin, no se trata hoy de que, después de décadas de medicina psicosomática, alguien venga a descubrir que las condiciones subjetivas en las que se encara un proceso material son indiferentes. La cuestión, por lo tanto, no pasa por allí. Pero, ¿por dónde pasa entonces?

 En su libro La soledad de los moribundos, Norbert Elias se pregunta sobre el larguísimo proceso, que atraviesa toda la Edad Moderna, de creciente aislamiento de la muerte como acto final de una vida. A las razones médicas, que darían su respuesta "sanitaria" sobre esta soledad, Elias agrega razones que tienen que ver con la imposibilidad de encontrar un sentido para la muerte. En efecto, sólo las religiones han confiado en dar un sentido (cualquiera que sea) a la muerte. Pero la muerte subsiste como dato inaceptable incluso para quienes se sienten parte de un espacio religioso. Frente a la muerte, es difícil construir sentido. El "nuevo espiritualismo" es un atajo.

 Ha habido otros atajos: el auge del espiritismo y de las curas milagrosas basadas en injertos de glándulas o toques eléctricos en algunos nervios, en la Argentina de las primeras décadas del siglo XX; el orientalismo que se mezcló con el movimiento hippie en los años sesenta, pero también fue propagandizado por la revista francesa Planeta; la astrología cotidiana en la prensa escrita, que la hereda de los "almanaques" campesinos; el naturismo como medicina alternativa, que encontramos en decenas de folletos populares de los años veinte y treinta; ciertos usos de la psiquiatría vinculados con la hipnosis, la sugestión y el magnetismo. Allí están los materiales para una historia del alternativismo médico. Sin embargo, tenemos la sensación de que el "nuevo espiritualismo" es algo más inclusivo. ¿Por qué?

 Habría que decir, en primer lugar, que los libros citados al comienzo de esta nota no hablan tanto de la muerte, sino del mejoramiento de la vida. Prometen, de manera unánime, una vida mejor por caminos que potenciarían cualidades que todos poseemos: todos tendríamos la posibilidad de encontrar el sentido de nuestros actos (y de nuestros dolores). En un tiempo de sentidos escasos, donde se hace visiblemente difícil establecer relaciones de solidaridad basada en principios transindividuales, el "nuevo espiritualismo" nos asegura que es suficiente conectarnos profundamente con nosotros mismos. La solución no podría sintonizar mejor con el clima de una época donde las sociedades se debilitan por la desigualdad, el feroz individualismo de mercado, la crisis de sentidos en la política, la desconfianza ante las acciones colectivas. Si hoy la Iglesia Católica recibe la presión de los excluidos, el "nuevo espiritualismo", en cambio, responde privadamente a los que tienen más tiempo y dinero.

El "nuevo espiritualismo" no es sólo un conjunto de prácticas pintorescas que reciclan técnicas orientales cortándolas de su terreno filosófico de origen. Es también síntoma de un nuevo malestar en la cultura, donde se expresan ideales angustiosos de salud y belleza que los medios hacen circular como modelos de éxito o como sustitutos mercantiles de felicidad. Allí confluyen los interrogantes que no tienen salida porque han desaparecido las condiciones de sus respuestas tradicionales (¿cómo es la buena muerte y la buena vida en un mundo abandonado por los dioses?). Finalmente, el "nuevo espiritualismo" es una estrategia que no exige coherencia global, porque proporciona patrones de conducta que pueden ser tomados y dejados; el compromiso es mínimo (salvo para los fundamentalistas del "nuevo espiritualismo", que son escasos), siempre se puede salir y se puede volver a entrar. El "nuevo espiritualismo" es un estallido de terapias que a veces son espirituales en sentido estricto, que a veces son físicas y se confunden con la gimnasia consciente, pero que siempre están allí sin requerir demasiada coherencia.

 A diferencia de las grandes religiones históricas, el "nuevo espiritualismo" es cómodo. No se necesita militar todo el tiempo para beneficiarse. Ofrece amables recetas para la vida cotidiana: estrategias individuales para las que no existen ni el pecado (como en las religiones) ni la responsabilidad (como en la vida pública). Más allá del bien y del mal, el "nuevo espiritualismo" es una mezcla afín a las políticas individualistas del cuerpo y al desinterés por la vida común: la trascendencia es un movimiento en miniatura.