MALDICION CONTRA SPINOZA:
Excomulgamos, maldecimos y separamos a Baruch de Espinoza con el
consentimiento de Dios bendito y con el de toda esta comunidad, delante de
estos libros de la Ley, que contienen trescientos trece preceptos; la
excomunión que Josué lanzó sobre Jericó, la maldición que Elías profirió contra
los niños y todas las maldiciones escritas en el libro de la ley; maldito sea
de día y maldito sea de noche, maldito al acostarse y maldito al levantarse,
maldito sea al entrar y al salir; no quiera el Altísimo perdonarle, hasta que
su furor y su celo abracen a este hombre; lance sobre él todas las maldiciones
escritas en el libro de esta Ley, borre su nombre de bajo los cielos y
sepárelo, para su desgracia de todas las tribus de Israel, con todas las
maldiciones del firmamento, escritas en el Libro de la Ley..., advirtiendo que
nadie puede hablarle oralmente ni por escrito, ni hacerle ningún favor ni estar
con él bajo el mismo techo ni a menos de cuatro codos de él, ni leer papel
hecho o escrito por él”.
Acta de excomunión de Spinoza. Amsterdam, 27 de julio
de 1656
Spinoza (Espinosa) fue un pensador
holandés de origen judeo-español (sefardies) cuya filosofía puede
reducirse a la expresión escolar "panteísta". Russell (del que sus alumnos decían
que podía ser candidato a Dios) en su autorizada "Historia de la Filosofía Occidental"
(gracias RBA) afirma que, de todos los grandes
filósofos, el más querible es él. Borges se refiere
muchas veces al "Dios de Spinoza":
"una sustancia infinita, infinitamente dotada de infinitos atributos. Ese
concepto es extraño a otras teologías, es propio de Spinoza".
En algunos cuentos menciona argumentos "more geometrico"
e incluso le dedica dos poemas y una conferencia. En la "Encyclopedie" de los iluministas
franceses, su filosofía es calificada con la de Hobbes
de "monstruoso sistema" ("le système pernicieux"). Pero el Spinoza
que aquí queremos es el filósofo político, casi el militante de base. El joven Marx en 1841 rellenó uno de sus famosos cuadernos con un
estudio del "Tractatus theologicus-politicus"
y reconocía que Spinoza había develado la axiología
de la alienación política. Según testimonios cuando hablaba era como el
filósofo neoplatónico Proclo, cuya
elocuencia era tal que emitía una especie de resplandor. Puesto de moda por
obra y gracia de Deleuze y más
tarde el último Toni Negri, la
actualidad de su pensamiento está patente por la enorme bibliografía (más de
3000 títulos desde 1971), revistas, asociaciones de amigos, congresos y demás,
nos ha descubierto un Spinoza
metafísico, monista, materialista, comprometido con su tiempo, que había
escrito una Ética y que dentro de esta ética, como via regia a la libertad y la felicidad, desempeña un rol
decisivo la "vida civil" y la forma del estado. A primera vista a
nuestros profesores con caspa les resulta sorprendente el espacio que Baruch le dedicó a la política: un cálculo por folios nos
daría más de un tercio del total. Allí está, curioso y solitario personaje, en
un país extranjero, un sefardí expulsado al mismo tiempo de su
"nación" y de su etnia (excomulgado), sin profesión pública (pulía
lentes), sin casa propia, con su proletario pequeño cuarto de lectura, sin mujer e
hijos, con pocos amigos, pero que protesta con peligrosa energía contra quienes
denigran la condición humana, contra los poderosos y vibra de entusiasmo ante
la idea de un anónimo pescador napolitano liderando la rebelión popular del
siglo. Tanto fue su entusiasmo que como un "AntiHobbes"
anotó: "homo homini Deus"
(E., IV, 35). Nuestra reflexión parte de una anécdota... Toda anécdota
existencial puede ser entendida como experiencias axiomáticas
que pueden inducir o constituir efectivamente la convicción en que se base toda
una filosofía práctica. Cuenta un conocido: "en un álbum de retratos suyo
encontré, en la cuarta página, a un pescador dibujado en camisa con una red de
pescar sobre su hombro derecho, exactamente como en los cuadros históricos se
representa al notable líder rebelde napolitano Masaniello. El señor Henryk van der Spyk, su último casero, decía de él que se parecía al mismo
Spinoza hasta en los más mínimos detalles y que sin
duda él mismo se había tomado como modelo". El objeto de devoción era Tommaso Aniello d'Amalfi (detto "Masaniello"),
uno de los líderes de las insurrecciones napolitanas en 1647-1648,
levantamientos espontáneos, de masas, urbanos y potencialmente derivables a una lucha mortal entre ricos y pobres.
Nápoles, un virreinato español, se había transformado
en un Behemoth urbano, descontrolado en su
densidad demográfica, un crisol de clases diferentes y sede de instituciones de
un gobierno despótico. Y en el medio del descontento de la multitud, la Guerra de los Treinta Años. Los
protagonistas más destacados de estos tumultos fueron las clases afectadas por
la política fiscal estatal (baronaggio), los
trabajadores y los marginados, pero nunca alcanzaron una convergencia
revolucionaria decisiva. El motín fue el más agudo de su época, tanto en su caracter antifeudal, antiestatal y autónomo, y fueron "los diez días que
conmovieron al mundo" barroco. Masaniello
deviene el primer día un orador furioso, un gran tribuno, que conjuga la
protesta con formas horizontales de organización, con una representatividad
social insuperable, un antipolítico consumado, que desarma el mecanismo del
gobierno vicerreal: mediación aristocrática, lúmpenes y provocadores paramilitares, estructuras
populistas, ritos de honor y religión. Su brevísima "Reppubblica"
popular, que reclamaba derecho iguales, reforma fiscal y
representación de la plebe en las cámaras de gobierno, enfrentada al modelo
barroco, es una contradicción en carne viva, que culminará con su asesinato. ¿Spinoza se veía como un Masaniello
holandés?... seguramente. Las huellas de la lucha de ricos y pobres halla eco
entre líneas: "La verdadera felicidad, la beatitud, consiste sólo en el
goce del bien y no en la satisfacción de que disfruta un hombre porque goza de
él con exclusión de todos los demás hombres. Si alguno se juzga feliz porque
tiene privilegios de que están privados sus semejantes y porque se vio más
favorecido de la fortuna, ignora la verdadera felicidad". El programa
mínimo de los insurrectos: el fin del estado es la felicidad colectiva y la
democracia es la forma más cercana al estado de naturaleza del ser humano. Las
huellas del pescador subversivo se encuentran a lo largo de su obra, como
cuando nos descubre su admiración oculta: "los hombres de conciencia clara
no temen a la muerte ni piden clemencia como los criminales, pues sus espíritus
no se ven atormentados por los remordimientos que produce la comisión de hechos
vergonzantes; consideran un mérito, no un castigo, morir por una noble causa, y
un honor morir por la libertad. Y puesto que dan sus vidas por una causa que es
incomprensible para los holgazanes y los idiotas, odiosa para los sediciosos y
querida por los buenos, ¿qué les enseña a los hombres su muerte? Sólo
emularles, o al menos a reverenciarles".
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