Iniciación de la reunión 4
Lectura del acta de la reunión anterior 4
Declaración testimonial del señor José Iglesias 7
Declaración testimonial del señor Ricardo Righi 13
Declaración testimonial de la señora Adriana Mabel Magnoli de
Morales 13
Declaración testimonial del señor Alfredo Ayala 13
Declaración testimonial del señor Pedro Saposnik 13
Declaración testimonial del señor Armando Cansiani 13
Finalización 13
- En Buenos
Aires, en el recinto de sesiones de
Sr. Presidente (Maier).- Buenos días.
Vamos a
comenzar, igual que ayer, con la lectura del acta que nosotros labramos de la
sesión de ayer para que
Sr. Presidente
(Maier).- El Secretario Said leerá el acta.
Sr.
Secretario (Said).-(Lee): Dice así:
“En la ciudad de Buenos Aires, a las 9,40 horas del día 18 de enero de 2006, se
reúne
Se encuentran presentes, además de su
presidente, los señores diputados integrantes de
Comparecen
los abogados defensores del Sr. IBARRA, doctores Julio Cesar STRASSERA, Julio
Fernando GOLODNY y Fernando CASTEJÓN. Por
En el sector del público están presentes
familiares de las víctimas de República Cromagnon, diversos medios de prensa
escrita, radial y televisiva, y público en general.
El Sr. Presidente de
A las 10,00 horas comparece
A continuación comparece Víctor Eugenio CAPILOUTO, empleado, ex
director general de defensa civil al momento de la tragedia, de 46 años de
edad, domiciliado en Estados Unidos 3275, quien acredita su identidad con dni
nº 13.223.278, Interrogado por las generales de la ley, responde que no le
comprenden. Informado sobre las disposiciones sobre el delito de falso
testimonio, prestó juramento de decir la verdad. El Dr. MAIER concedió la
palabra a
A las 13,30 ingresa al recinto el
diputado Gerardo ROMAGNOLI. En ese momento comparece a prestar declaración
Acto seguido comparece a declarar el testigo Oscar Enrique
NATALIO, dni nº 10.777.332, de 52 años, con domicilio en Moreno 1550, Comisario
General de
A las 15, 45 se reabre la audiencia con la presencia de los
diputados integrantes de
Comparece el testigo Vicente Marciano HERRÁN, dni nº 10.534.913,
52 años, domiciliado Belgrano 1547, planta baja, Comisario General de
Por Secretaría se informa a los presentes que la testigo Jéssica
LIOY, que había comparecido a la citación, debió retirarse por indicación
médica.
A las 17,17 horas comparece el testigo Vicente CARLUCCIO, L.E. nº
7.638.405, médico, de 63 años de edad, domiciliado en Juan B. Justo 7877.
Interrogado por las generales de la ley, responde que no le comprenden.
Informado sobre las disposiciones sobre el delito de falso testimonio, prestó
juramento de decir la verdad. El Dr. MAIER concedió la palabra a
Continúa recibiéndose las declaraciones y a las 18,41 horas
comparece el testigo Carlos Alberto ZOLOAGA, técnico en seguridad, a cargo de
la dirección operativa del SAME, de 39 años de edad, domiciliado en calle
Zuviría 64, se identifica con CIPF nº 18.282.109. Es interrogado por el Sr.
Presidente sobre las generales de la ley, responde que no le comprenden.
Informado sobre las disposiciones sobre el delito de falso testimonio, prestó
juramento de decir la verdad. El Dr. MAIER concedió la palabra a los
representantes de
Se hace constar que a las 19,37 no quedó en el recinto ningún
representante de
Los diputados POLIMENI, MAJDALANI,
BIDONDE, GRAMAJO, AMOROSO interrogaron al testigo. A las 20,15 termina la declaración.
Se dispone un cuarto intermedio hasta las 20,30 horas.
A las 20,45 horas se reinicia la
audiencia con la presencia de los señores diputados integrantes de
Comparece a declarar el testigo Milcíades Floreal Arturo PEÑA, de
profesión periodista, domiciliado en Honorio Pueyrredón nº 1012, de 42 años,
acredita su identidad con dni nº 16.493.503. Es interrogado por el Sr.
Presidente sobre las generales de la ley, responde que no le comprenden y que
tiene interés a raíz de haber sido Vicepresidente de
Durante la exposición del testigo el diputado BIDONDE salió a las
20,58 horas y regresó cinco minutos después. La diputada POLIMENI se retiró a
las 22,03 horas.
Con lo que el Dr. MAIER dio por terminada la audiencia del día de
hoy y dispuso un cuarto intermedio hasta el día de mañana a las 9,00 horas.”
Sr. Golodny.- Hay un pequeño error de tipeo en la
intervención. Cuando se consigna la intervención de la diputada Polimeni, es la
fiscalía la que queda sin ningún representante, y el texto se refiere a
Sr. Secretario
(Said).- Es lo mismo. Son los representantes de
Sr. Presidente
(Maier).- En realidad, yo no los trato como fiscales porque me resulta
antipático.
Sr. Golodny.-
Está bien. Gracias, señor presidente.
Sr. Presidente
(Maier).- Tiene la palabra el diputado Rebot.
Sr. Rebot.- Quiero hacer una aclaración con respecto a
mi intervención respecto de cómo quedó registrado en la versión taquigráfica.
Aclaro que no fue para apoyar el planteo de
Sr. Presidente
(Maier).- Por favor, señor diputado, díctele la aclaración al secretario.
Sr. Secretario (Said).- Lo voy a leer tal como está, y
usted me corrige. Dice así: “El diputado Rebot pidió la palabra para apoyar el
planteo del representante de
Sr. Rebot.- Si usted quiere, podría quedar que pedí la
palabra “para reivindicar la potestad de
Sr. Presidente (Maier).- Lo corregimos inmediatamente
en la versión de la computadora y, a continuación, lo daremos a la firma.
Sr.
Secretario (Said).- Diputado Rebot: paso a leer la parte pertinente del acta.
Diría así: "El diputado Rebot pidió la palabra para reivindicar la
potestad de
Sr. Rebot.- Sí.
Sr.
Presidente (Maier).- Si no les molesta, creo conveniente que ahora avancemos
con el testimonio del testigo y cuando éste termine, procedamos a firmar el
acta.
- Asentimiento.
Sr. Presidente (Maier).- Le pido que,
por favor, diga en voz alta su nombre y apellido.
Sr. Iglesias.- José Antonio Iglesias.
Sr. Presidente (Maier).- ¿Profesión o
empleo?
Sr. Iglesias.- Abogado. Ejerzo la
profesión.
Sr. Presidente (Maier).- ¿Edad?
Sr. Iglesias.- 54 años.
Sr. Presidente (Maier).- ¿Domicilio
actual?
Sr. Iglesias.- Reconquista 715, 6 “E”,
de esta ciudad.
Sr.
Presidente (Maier).- Ahora, quiero saber si tiene un vínculo de parentesco,
dependencia u cualquier otro vínculo que a usted le resulte importante con
quien está siendo objeto del juzgamiento, es decir, el doctor Ibarra.
Sr.
Iglesias.- No tengo vínculos ni familiares ni de amistad con el Jefe de
Gobierno. Sin embargo, soy querellante en varias causas penales. Una de ellas
es la causa de República Cromañón, que tramita ante el Juzgado de Instrucción
N° 1; otra es la causa por asociación ilícita, caratulada “Fiszbin, Fabiana y
otros s/Asociación ilícita” que tramita ante el mismo juzgado. En su momento,
había una causa caratulada “Ibarra, Aníbal s/Abandono de personas seguido de
muerte”, que también tramita ante el mismo juzgado, fue acumulada a la causa
Cromañón. Asimismo, soy actor en dos juicios de amparo, caratulados “Iglesias,
José Antonio c/Gobierno de
Salvo estas causas, no me comprenden las
generales de la ley.
Sr.
Presidente (Maier).- Quizás lo que le diga a continuación no tiene sentido,
porque usted es abogado y conoce bien el problema. Sin embargo, sólo le indico
–a pesar de que usted ya lo conoce– que el Artículo 275 del Código Penal
reprime con pena privativa de libertad al falso testimonio, ya sea por acción
–no decir la verdad– o por omisión –ocultar la verdad.
Le recuerdo que usted está declarando
ante un oficio público competente para realizar este juicio; por lo tanto, el
Artículo 3 es aplicable.
Ahora le voy a tomar juramento. Usted
puede jurar o comprometerse solemnemente, como más lo desee. Además, si quiere
agregar alguna creencia religiosa, le pido que haga una invocación breve a esa
creencia religiosa. ¿Jura o se compromete a decir la verdad en
cuanto al hecho de este procedimiento y a no ocultar nada?
Sr. Iglesias.- Sí, juro decir la
verdad.
Sr.
Presidente (Maier).- Muchas gracias.
Hemos terminado el interrogatorio
formal, por lo tanto, pido a los representantes de
Sr.
Devoto.- Señor Iglesias: Pedimos que relate todo lo que sabe sobre los hechos
ocurridos en el local de República de Cromañón el día 30 de diciembre de 2004.
Sr.
Iglesias.- En realidad, voy a comenzar relatando mi participación durante el
día 30 y el siguiente.
El día 30, aproximadamente a las 11 y 20
ó
Vamos con el auto, llegamos hasta la
avenida Pueyrredón, creo que a 2 ó 3 cuadras, no me acuerdo de si era
Pueyrredón o Sarmiento, estacionamos el auto y seguimos caminando, más que
caminando íbamos corriendo. Llegamos a
Recogemos el auto y en forma acelerada
nos dirigimos primero al Hospital Penna, institución que conocí en esa ocasión.
Mientras íbamos en el auto, acompañado por Ignacio, que iba en el asiento de
atrás, escuchábamos la radio. No sé si fue en ese momento o al volver del
Hospital Penna, pero en algún momento de este viaje, escuchamos que en las
distintas emisoras de radio estaban transmitiendo esta tragedia. También
escuchamos los diálogos o los gritos entre los chicos y la fuerza del orden o
no sé qué. En un momento dado, escuchamos una voz y mi hijo Ignacio dijo: “Ese
es Pedro”. Cuando Pedro se enojaba decía, como dicen muchos chicos, “¡Pero
boludo!”. Esto nos pareció, o creímos que nos pareció, la voz de Pedro. Yo
tenía mi celular y obviamente, estaba llamando constantemente a mi hijo. Con él habíamos quedado en que siempre que saliera, con su novia
o con quien fuera, yo sabría la hora a la cual regresaba, y que si iba a algún
espectáculo, me llamaría al salir por celular, así fuesen las 3 de la mañana.
Esto era una regla consensuada entre los dos.
Como decía, yo lo llamaba, pero no
contestaba. Quizás eso que quisimos escuchar
–después me enteré que no era Pedro– nos mantenía la angustia un poco más
calmada.
Nos dirigimos al Hospital Penna. Allí
habíamos escuchado un aviso de que no nos acercáramos a los hospitales por el
congestionamiento. De hecho, el camino hacia el hospital lo transitamos como si
fuésemos un patrullero: a toda velocidad, a contramano, y cruzando en rojo.
Cuando llegamos al Hospital Penna
pudimos estacionar tranquilamente el auto, entramos, y vimos que había gente
–no mucha, pero había– tratando de obtener información. Sí había una ventanita
y la gente estaba agolpada, pero nadie daba ninguna instrucción. Beatriz entró
a ver; yo la seguí; y después nos fuimos. No encontramos a Pedro. Había una
lista pegada en algún lugar, pero no lo encontramos. Nosotros preguntamos sólo
por vivos, porque yo no tenía la idea de qué tenía que buscar; sólo tenía que
buscar a Pedro.
Cuando salimos de ahí, nos dirigimos al
Hospital Argerich –y no al Churruca que estaba cerca, porque no tenía víctimas
de Cromañón.
Con Beatriz ya habíamos conversado de
que también había que ir a visitar las morgues. En el caso del Hospital
Argerich, tenía que entrar una sola persona y yo estaba realmente aturdido, así
que decidió entrar Beatriz. Yo me quedé con la angustia del caso, porque la
experiencia de ir a buscar a un hijo a una morgue es lo más terrible que a uno
le puede pasar, pero la experiencia de estar esperando que otro lo busque también
es dura.
Por suerte, Beatriz salió y dijo que
Pedro no estaba. De allí, y en las mismas condiciones de tránsito, fuimos al
Hospital de Clínicas. En este hospital no funcionaba el ascensor, así que creo
que subimos nueve pisos.
El Hospital de Clínicas tenía pocos
chicos: algunos de ellos, habían estado en Cromañón y estaban sentados en los
pasillos, ya que evidentemente habían sido atendidos.
En el Hospital de Clínicas yo solo
entré a la morgue, y vi que los cuerpos estaban en camillas, muy negros, sin estar
cubiertos. Dije: “Gracias a Dios que Pedro no está acá”. A todo esto, ya sería
alrededor de las tres o tres y media de la mañana.
Salimos del Hospital de Clínicas. En
todo el viaje habíamos escuchado que la radio pasaba listas de chicos que
estaban en hospitales. Ésta era la única información. Así que cuando
terminábamos de escuchar algo, yo ya estaba frente a alguna radio, porque yo no
manejaba. Es decir, terminábamos de escuchar una radio y pasábamos a otra para
ver si escuchábamos otra lista.
En la radio nos fuimos enterando a qué
hospitales llevaban a los chicos. A esa hora, se hablaba de que había chicos en
el Hospital Posadas en
Alrededor de las cuatro de la mañana
apareció una noticia que nos invitaba a concentrarnos a todos para recibir
información en el CGP –que después me enteré que es Dock Sud– de la calle
Junín.
Iban
a concentrar la información de dónde estaban ubicados los chicos y nos iban a
dar alguna asistencia. Ésa era la información oficial. Llegamos al CGP; no
recuerdo la hora. Llegamos hasta la puerta del CGP. A pesar de que había gente,
nos fuimos agolpando...
Sr. San
Martino.- Pido la palabra.
Sr. Presidente
(Maier).- ¿Me perdona unos instantes, señor Iglesias?
Sr. San Martino.- Señor presidente: quiero pedirle una
precisión al testigo. Si bien no recuerda la hora, ¿podría dar una banda
horaria en la que llegan al CGP?
Sr. Iglesias.- Calculo que habré llegado a las tres y
media o cuatro de la mañana.
Como
decía, nos aproximamos a la puerta. Había una persiana, una puerta chiquita, un
policía y bastante gente. La gente se iba agolpando. Pasaba el tiempo y veíamos
entrar gente, que venía de a dos y de a tres personas. Había periodistas
alrededor. Seguía entrando gente y pasaban los minutos, que eran eternos. En un
momento dado, toda la cuadra estaba llena de gente.
Mi hijo
Ignacio –ya habían llegado sus amigos– se había ubicado en la vereda de
enfrente. Yo tenía mi celular y él tenía el suyo. Nos comunicábamos por
celular, porque ya estábamos separados por mucha gente. Obviamente, Ignacio
estaba como yo. Los amigos habían ido a sostenerlo.
Mientras
tanto, estábamos recibiendo información de la mamá y del papá de Pedro Lagües,
que fue uno de los chicos que, gracias a Dios, sobrevivió y que estuvo con
Pedro. Pedro fue a Cromañón con un gran amigo Osvaldo Ruiz, que también murió
con él. La mamá de Pedro Lagües estaba haciendo las recorridas por otros
hospitales y nos decía a cuál no teníamos que ir. Ella había estado en el Ramos
Mejía. Cada tanto había comunicaciones. Seguimos esperando la puerta del CGP y
la gente continuó entrando. Ya debían ser cerca de las cuatro y media de la
mañana. En algún momento la presión era tal que escuché y vi que en el fondo,
lejos, a una cuadra, había gente que gritaba, porque seguramente estaban
pensando que los que estábamos adelante éramos atendidos. Alguien se
desvaneció. En un momento dado recuerdo que vinieron dos personas que querían
entrar y como la situación era tan caótica me di vuelta y les dije: “No van a
pasar”. Me contestaron: “Tenemos que pasar”. Les respondí: “No van a pasar;
basta de que entre gente”. Le dije al policía que apareciera alguien para que
explique. Alguien salió, no sé quién era, y dijo: “Los vamos a atender a todos,
pero hagan una fila”. Aclaro que en ese momento vi la cuadra llena de gente, de
lado a lado. Entonces, le dije –y disculpe la expresión, pero es la que usé
durante toda la noche–: “Pedazo de pelotudo, ¿cómo vamos a hacer una fila? Si
calculás, la fila va a tener varias cuadras y al que esté al final le vas a dar
la información dentro de tres días”. En lugar de contestarme, la persona se fue
para adentro. Y seguíamos ahí. Entonces, un periodista que estaba detrás mío me
dijo: “Son unos imbéciles.”
Cuando
vimos esto y que una señora se desvaneció, me agarró mucha bronca y a los que
estaban al lado mío también, y entramos. El policía que estaba en la puerta
quedó dando vueltas, porque era chiquito. Lo atropellamos y entramos.
Irrumpimos dentro del local, donde había un grupo de gente –no sé si eran
funcionarios– que miraban con cara de “qué estoy haciendo acá”, algunos tenían
papeles en la mano. Me pareció que había una máquina de escribir mecánica y
alguien que estaba escribiendo. Vimos que había gente que entraba con papeles
que, supuestamente, eran las listas. Les empezamos a decir que afuera la gente
se estaba matando y se estaba descontrolando; que empezasen a leer nombres, a
calmar a la gente, a contenerla. Y ahí había alguien con una lista y me
dicen “pero no tenemos megáfono”. Yo le digo nuevamente: “decime, imbécil, ¿no
sabés que los patrulleros tienen? Lo deberías saber”. Entonces, el tipo estaba
con la lista, se da vuelta, le arrancamos la lista –no me acuerdo bien quién
fue de los familiares– y nos llevamos la lista afuera. Y nos fuimos al lado del
patrullero. Vino alguien, algún funcionario, tomó la lista y yo le grito al
policía “dale el megáfono”. Entonces, el que estaba en el patrullero saca el
megáfono y se lo da. Y ahí, no se quién, empezó a leer la lista.
Mientras esto ocurría, había gritos y
empujones. Cuando empezó a leer la lista, que estaba por orden alfabético, se
produjo un silencio general y vino la calma. Yo me calmé porque, obviamente,
estaba esperando que llegásemos a la letra I y escuchar. Cuando empezó la
lectura de los nombres se escuchaban algunos gritos de júbilo; y era irónico, porque
lo único que se decía era el nombre y apellido del chico, y un hospital. No se
decía si estaba agonizando, si se había salvado o si en ese momento se había
muerto. Pasaba el tiempo, pasó la letra I y mi hijo no estaba. En ese momento
crucé, porque cuando había empezado la lista y hasta la letra I, los que habían
escuchado se iban. Se iban a los respectivos hospitales. Crucé a donde estaba
mi hijo, nos miramos, nos abrazamos y hasta ese momento yo no le había avisado
a la mamá de Pedro, porque quería encontrarlo. No quería transmitirle angustia.
Entonces le digo a Ignacio: “me parece que hay que llamar a mamá; llamala vos o
pasámela”. Él la llama y me la pasa. Olga estaba dormida y le digo: “Pedro no
volvió, lo tenemos que buscar porque hubo un problema en el local”. Entonces,
quedamos en encontrarnos en el Hospital Alemán, porque era el lugar a donde
íbamos a ir.
Aclaro
que cuando terminó la lista –estoy, quizás, anticipando algo que hice después–
me quedé escuchando hasta el final para saber qué tenía que hacer. Primero
escuché hasta el final y después crucé a ver a mi hijo. Terminó la lista y el
que leyó se fue para adentro. Yo me acerqué a preguntar qué tenía que hacer.
Alguien me dijo de estos funcionarios que tenía que ir a los hospitales. ¿A
cuáles? A los hospitales. Es ahí donde cruzo y ahí decidimos ir al Alemán,
porque sabíamos que había chicos. Perdón: antes de ir al Alemán pasamos por el
Sanatorio Mitre. En el Sanatorio Mitre entro yo a la morgue y ahí vi los chicos
tirados en el piso. Había muchísimos. Nos costó mucho entrar. En cada hospital
el temperamento era distinto. Nunca nadie orientaba nada. Uno se las tenía que
arreglar solo y adivinar dónde estaban los lugares. Todos los hospitales
estaban en la misma condición, incluso el Mitre que es un hospital privado.
Nadie había dispuesto que alguien atienda a los familiares y que los atienda de
una manera determinada. Nadie había organizado nada.
En la morgue del Mitre no encontré a
Pedro. Entre los internados, obviamente, no estaba, porque no estaba en la
lista. Eso era lo que yo suponía. Entonces, desde ahí fuimos con el auto al
Alemán. Estaba mi ex mujer. Entré yo al Alemán. En el Alemán me atendieron muy
bien. Me dijeron los nombres de los que allí estaban. Me dijeron: “todos los
que están acá están bien; están internados”. Me dieron nombre y apellido. Me
dieron información en la mesa de entradas. O sea, como debía ser en cualquier
hospital.
Después
de eso –que habrá sido alrededor de las 6 de la mañana–, en función del lugar
en donde estábamos, el que siguió fue el Rivadavia, en la avenida Las Heras.
Entramos por esa calle ancha que tiene para el ingreso de las ambulancias.
Había una mujer policía en la garita, le dijimos a qué veníamos –ella estaba
con un enfermero– y me dijeron que en la morgue había solamente un femenino y
un masculino. “Los quiero ver”, les dije; y me dijeron que esperáramos un
segundo. Después me dijeron que vaya a la morgue, que estaba al fondo de una
curva que hace esa calle y que esperara hasta que fuera la persona que tenía la
llave.
Fui solo,
porque tenía que ir uno solo; fueron alrededor de cien metros. La morgue era
una habitación, una casa vieja de principios de siglo con puerta de madera
vieja. Me quedé en la puerta esperando que venga alguien a abrirla. Al rato
apareció alguien, que supongo que era personal de maestranza, con una llave y
me abrió la puerta.
Cuando entré me
di cuenta que de morgue sólo tenía el nombre. Era un lugar sucio, sin luz y
tenía sangre en el piso. Cuando prendieron la luz, pregunte dónde estaban los
cuerpos, y me contestaron: “Están allá”, en otra habitación que estaba a
oscuras.
Entré solo –el
que había traído la llave estaba atrás esperando– y vi dos cuerpos. Estaba todo
oscuro. “Tráigame luz o saquémoslos”, dije, y empecé a correr la camilla en la
que me habían dicho que estaba el masculino. Cuando la corrí, vi a mi hijo. En
realidad, en ese momento no lo quería ver, no lo quería reconocer. En ese
instante –que fue durísimo porque no quería que fuera mi hijo– dudé, o me creí
la duda, pedí que viniera Ignacio y me quedé ahí. Cuando vino Ignacio, que creo
que ya lo sabía, obviamente, lo reconoció.
Mi hijo
estaba con el brazo extendido fuera de la camilla, sangrando –porque, por lo
visto, le habían aplicado suero–, con dos apósitos en el pecho y con la sangre
cayendo, hasta el momento de ser enterrado. Insisto: el piso estaba lleno de
sangre. En un momento dado pegué un grito y después lo saqué a Ignacio.
Nos
fuimos para afuera caminando, le informé a la mamá y nos quedamos sin saber qué
hacer. Entonces, nos dicen que teníamos que ir a la comisaría –creo que fue la
mujer policía– a hacer el reconocimiento y después volver a retirar el cuerpo.
La mujer policía me pidió el nombre del reconocido y el número de documento o
el nombre y apellido. Lo anotó en un papel y se lo quedó ella.
En ese
momento había que tomar varias decisiones y una de ellas era llamar a los
hermanos. No quería decirles por teléfono lo que estaba pasando; quería
prepararlos. Mi hija mayor estaba en la costa. Hablé con mi consuegro y le
conté lo que pasaba, pero le pedí, por favor, que no le diga nada, pero
que tiene que viajar. Esto sería –insisto– cerca de las 7.
Después de
esto, de haber avisado a algunos, recuerdo que, en ese momento, me llama el
terapeuta, ya que esa mañana yo tenía que ir a una sesión de terapia, para
confirmarla, y le digo: “No voy a poder ir, porque mi hijo se murió”. Digo
esto, porque al rato vino el terapeuta.
Lo cierto es
que cuando estaba en esta instancia, cuando nos habían dicho esto, saliendo del
aturdimiento, le digo a Olga, mi ex mujer, que necesitábamos llevar los
documentos para hacer la denuncia en la policía. No sé quién los fue a buscar.
Mientras
esperábamos, me quedé sentado en una pared que hay en esta calle de ingreso.
Recuerdo que allí me subió la presión, me llevaron a la guardia, me tomaron la
presión y me dieron un Lotrial, o no sé qué. Me hicieron sentar en un banquito,
que me quedara calmo; luego –no sé cuánto habrá pasado–, me volvieron a tomar
la presión y me dijeron que había bajado, y ahí volví a sentarme y me quedé
esperando que viniesen los documentos. Cuando llegaron, a las 9 de la mañana
–esto que parece tan corto es eterno–, nos dirigimos a
La morguera era
manejada por un cabo a quien nunca voy a dejar de agradecerle la humanidad que
tuvo en estas circunstancias. Es algo que faltó toda la noche: humanidad. Este
cabo me atendió muy bien. Él venía a retirar los dos cuerpos; entonces, le
entrego el papel, va con la morguera hasta el fondo y le digo: “¿Podremos verlo
de nuevo?”. Él me dice: “No está permitido, pero bueno”. Entonces, me voy
caminando con la madre, etcétera. A todo esto serían, aproximadamente, las 10 y
30 u 11 de la mañana; no sé en qué vino mi hija. Primero había llegado mi hijo
Mariano. Entramos de nuevo. Lo vemos; lo ve la madre. La escena es tremenda.
Salimos. Y al ratito llega mi hija. Cuando me voy para afuera, soy yo el que le
doy la noticia. Mi hija caminó esos
Fui a hacer el
trámite en la cochería: todas esas cosas que no esperaba hacer para mi hijo,
como elegir un ataúd, un servicio y un precio. Terminado eso, que me llevó
bastante tiempo –ya era el mediodía–, alrededor de la una de la tarde, llegamos
a la morgue.
En la
morgue había policías en la puerta, que no dejaban pasar a nadie, y también
había gente en la calle. Yo quería entrar, pero los policías me decían que no,
que tenía que esperar a que saliera la gente. Y la gente estaba muy nerviosa;
obviamente, cada uno recibió esto de acuerdo con su formación como persona. En
mi caso, a veces expresaba mis nervios con furia. En un momento dado, como el
tiempo pasaba y no ocurría nada, de repente salió alguien y dijo: "Tienen
que esperar acá hasta que salgamos con las listas." "¿Qué
listas?", preguntamos. Y la respuesta fue: "Las listas de los cuerpos
que van llegando."
Nosotros
estábamos en la calle, a sol pleno, solos y esperando. Pasaba el tiempo y, en
un momento dado, no sé si empujé, o qué se yo, y me metí. Evidentemente, era lo
que había que hacer, porque adentro, en el pasillo, ya había gente: había que
empujar.
Ahí
adentro, nos quedamos parados en lo que vendría a ser una calle del garaje por
donde entran y salen vehículos fúnebres. En ese pasillo, a la izquierda, había
una garita donde se hacían los trámites. En esa garita había una mesita, una
repisa y una persona, que después fue recibiendo las listas hechas a mano y las
leyó en voz alta.
Más
adelante, había un portón de dos hojas, en el cual había un policía. Este sí
que era un animal. Maltrato...
Pasó el
tiempo. Por supuesto, llegaron las dos de la tarde, las tres y las cuatro.
Después, comenzaron a franquear el acceso a la gente, porque habían llenado toda
la calle y los policías permitían el tránsito de gente. Recuerdo que allí vi
muchas caras. En algunos casos, después puede juntar las caras con el nombre.
Por ejemplo, allí vi al "Gallego" Fernández, conocido públicamente,
que estaba tirado en el piso, llorando desconsoladamente. Tuvo varios ataques;
un familiar, que hoy está presenta en
Las
morgueras hacían cola. Hacía muchísimo calor. En ese largo tiempo uno
especulaba con infinidad de cosas. Sentía el calor y veía a las morgueras que
estaban en un patio, eran como diez –estaban al lado de la playa de
estacionamiento que está detrás de
En ese
instante especulaba y pensaba por qué no agarran un camión frigorífico, lo
incautan y ponen allí a los chicos. O, ¿por qué no montan una carpa en el
estacionamiento y le inyectan frío? Eso me lo preguntaba yo, que no soy
especialista, obviamente, en este tipo de cosa. Era la primera vez que estaba
en la morguera –aunque estuve una vez cuando tuve que hacer un examen cuando
trabajaba en el Poder Judicial, pero nunca en estas circunstancias–; no sabía
nada de frío, etcétera.
Pasaban
las horas, salían las listas y se leían de la manera más cruel. Todos los
familiares que estaban sentados en la vereda padecieron muchas de las miserias
que tiene nuestra sociedad, por ejemplo, la entrega de tarjetas de abogados. Mi
hijo Mariano estaba sentado en la vereda y juntó diez tarjetas de abogados que
ofrecían sus servicios.
En enero,
con esas tarjetas, hice una denuncia en el Colegio Público de Abogados.
Denuncia que el Colegio Público de Abogados desestimó, porque la miseria no
sólo estaba allí.
Mientras
estábamos esperando, se leían las listas, la gente gritaba –era una reacción
lógica– y los únicos que estaban eran del personal de
Seguíamos
esperando la lectura de las listas, la gente se agolpaba como si fuera una
lista de premios, porque todos querían saber, y yo quería llevarme el cuerpo de
mi hijo para velarlo.
Después,
pasaban las horas y aparecen en la pared las fotos de cuerpos NN para que la
gente fuese a reconocerlo. Las pusieron en un costado; la gente se las tenía
que arreglar. Por supuesto, todo esto con la ayuda de las asistentes de
Pasaban
las horas y, realmente, no creía lo que me estaba pasando. A eso de las cuatro
veo nuevamente al cabo y me dice: "Lo tengo ahí a su hijo, ya se lo van a
entregar". Por lo visto, había quedado muy conmovido con las escenas que
había visto y parece que nos vio de lejos y se acercó. Pasaron las cuatro, las
cinco, las seis, las siete de la tarde y yo dije: "Éste me está mintiendo;
todo es verso. No está mi hijo ahí". Además, las listas de los nombres de
los cuerpos, cuya autopsia había concluido, venían cada 20 minutos o media
hora; y
pasaban y pasaban. Supuestamente, debería haberse hecho la autopsia a las dos o
tres de la tarde. De hecho, después, en el certificado de defunción de mi hijo,
decía que la autopsia se hizo alrededor de las cuatro de la tarde o tres y
media. Obviamente, no creo mucho en los certificados de defunción, porque dicen
una gran cantidad de mentiras: algunos tienen fechas y horas que no tienen nada
que ver con la realidad. La mayor parte de los certificados de defunción son
incorrectos.
A eso de las siete, nos preguntamos que
íbamos a hacer. ¿Iba a ir al Rivadavia? Pero ya lo había visto cuando lo
llevaron. ¿A dónde íbamos a ir? Decidimos ir a Chacarita, que supuestamente era
el lugar a dónde lo habían derivado. Aclaro que todo esto que ocurría en la
morgue no sólo lo digo yo, sino que tengo un video de ese momento. Están las
imágenes –y, si
Entonces, salgo de allí, nos vamos en el
auto a Chacarita…
Sr. San Martino.- Pido la palabra.
Señor
presidente: la fiscalía solicita que el video que ofreció el testigo se
incorpore a la causa.
Sr. Presidente
(Maier).- Previamente,
tenemos que verlo.
Sr. San Martino.- En todo caso, si lo
ofrece, después lo podemos ver.
Sr. Presidente
(Maier).- ¿Lo
quieren ver posteriormente?
Sr. San Martino.- Sí, señor presidente.
Hacemos reserva para poder verlo posteriormente.
Sr. Presidente
(Maier).- Es
que el testigo ahora está declarando.
Sr. San Martino.- Por eso, como él lo
ofrece, hablé de verlo posteriormente.
Sr. Presidente (Maier).- Precisamente, le estoy formulando una
pequeña reconversión: ¿por qué no verlo ahora que el testigo está aquí? ¿Usted
quiere verlo en secreto?
Sr. San Martino.- No, señor presidente.
Sr. Presidente (Maier).- ¿A usted le interesa interrogar al
testigo sobre esto? Después vamos a decidir…
Sr. Iglesias.- No tengo el video acá,
pero lo ofrezco y lo puedo traer.
Sr. Presidente
(Maier).- En
todo caso, infórmeme cuando lo tenga. ¿Es un video personal suyo?
Sr. Iglesias.- Es una grabación de
televisión.
Sr. Presidente
(Maier).- ¿Usted
lo necesita?
Sr. Iglesias.- No. No tengo problema.
En todo caso, después puedo hacer una copia.
Sr. Presidente
(Maier).- Le
agradezco.
Sr. Iglesias.- Retomo mi intervención.
De allí, nos dirigimos a Chacarita. Yo
sabía que teníamos que ir a
–porque evidentemente recordaba mis actitudes–, se acercó inmediatamente.
Ese viaje lo hicimos con mi yerno, que
también es abogado, y le planteamos que veníamos a saber qué pasaba porque mi
hijo había sido reconocido, en realidad, dos veces: una, en el Hospital
Rivadavia, dado que su nombre y apellido había quedado asentado por parte de un
miembro de la policía, y la otra, formalmente en la comisaría. Pero me dijeron
que allí no podía estar, porque sólo se encontraban los NN y no los reconocidos.
Yo insistí, y también lo hizo Beatriz. Entonces, como último recurso, nos dijo
que se iba a fijar en la base de datos, pero que sólo figuraban todos los NN.
Empezamos a ver fotos de cadáveres en
distinto estado. Creo que esto está en poder de ustedes, dado que ayer he visto
la foto de mi hijo. Iban pasando dos fotos por cada uno; debajo tenían un
rótulo, con un número de foto y un número de ataúd. La décima foto era la de
Pedro. Yo conservo esa foto exclusivamente porque la cara que tiene ahí es de paz. Por suerte para mí –porque esto no le pasó a otros padres– la
cara de Pedro es como si estuviese durmiendo. Entonces, la guardé y la
conservé. Por eso, está tan ajada, porque la tengo desde ese entonces, para
recordar el último momento de Pedro.
Vemos la foto; mentalmente, tomamos nota
del número de ataúd: el 57. Luego preguntamos qué debíamos hacer. Nos responden
que debíamos ir a la cámara. Preguntamos dónde estaba la cámara y nos dicen:
“Está acá, dentro del cementerio. Los van a llevar un móvil”. Vimos una van. Nos sentamos; esperamos un rato.
Después sube una pareja. De noche, la van
entra por el cementerio. Cuando llegamos a la cámara, vemos una sucesión de
morgueras afuera. El olor que había era terrible y penetrante: era olor de
descomposición. Tan así era que nos dieron un barbijo. Toda la gente estaba con
barbijo.
Entramos. Era un sector amplio. Al
costado había una especie de puerta –no me acuerdo cómo era– con una mesa.
Estaba con mi yerno al lado y él dice: “Venimos a buscar el ataúd
Luego, empiezo a insultar y a decir de
todo. Se acercan dos personas que después me enteré que eran policías. Uno de
ellos, que era comisario inspector, me calma. Es una paradoja, pero durante
todo este trayecto, los que me calman son policías, porque los demás lo único
que hacían era hacerme poner irascible. El comisario inspector me preguntó qué
me había pasado, y le cuento. Me dijo que me quedara tranquilo, porque me iban
a dar una solución. Empieza a llamar por el handy.
Entonces, voy al frente, donde está la cámara. Había un banco entre dos
árboles. Había gente. Nos sentamos y al rato se acerca un sacerdote. El
comisario inspector y el sacerdote fueron las únicas personas de contención.
Obviamente, el sacerdote trataba de imprimirme algo de paz.
Veo que el comisario inspector se pone a
charlar. Llama a distintos lugares, a la morgue. Entonces, en algún momento, le
dicen a Beatriz que debíamos entrar a reconocer los cuerpos que estaban dentro
de la cámara. Después me enteré que en la morgue de Chacarita había 195 ó 196
cuchetas. Es decir, había capacidad para albergar a todos los chicos. No sé
cuántos ataúdes había, pero debía haber, por lo menos 50.
Creo que fue Beatriz la que dijo que
esto era disparatado. Entonces, sale la idea de que alguien del personal, con
la foto que estaba en la base de datos, fuese a reconocer. Entonces, pedimos la
foto. El comisario hace ir a buscar una impresión. Ése es el ejemplar que ayer
quedó acá. Cuando estoy con el comisario inspector justo veo al
cabo que había manejado la morguera. Él se acerca y nos ve ante esta situación;
luego, dice al comisario: “Comisario, a este chico lo llevé yo”. Él lo
reconoció por los dos apósitos. Seguía diciendo: “Lo llevé yo”. El comisario
responde: “¿Dónde está?”. A lo que el cabo dice: “Está en la morgue, yo lo
llevé”. Entonces, el comisario le dice: “Te vas inmediatamente, con esta gente,
los llevás a la morgue y recuperás el cuerpo”. En realidad, el cabo no
reportaba al comisario, y le dice: “Tengo que ir a hacer otra cosa”. El
comisario le dice: “Dejás bajo mi responsabilidad lo que tenés que hacer y
acompañás a esta gente”. Subimos a la cabina de la morguera. decir “la
morguera” es una generosidad, porque es una camioneta abierta, sin luces, sin
frenos y destartalada; empezamos a andar –además, costó hacerla arrancar– a
oscuras por
Luego, seguimos en auto hasta la
morgue. Cuando llegamos a la morgue, trata de entrar, se lo impiden –“entrar”
quiere decir ir adentro del sector donde hacen las autopsias– pero logra
meterse, porque conoce a alguien. A los cinco o diez minutos, viene y me dice:
“Su hijo está acá”. Ahí me franquean el acceso y tengo que pasar a ver el
cuerpo. En el sector a donde se bajaban los cuerpos había una puerta grande que
da a un amplio salón, estaba cubierta con una cortina que irónicamente tenía
los colores de la bandera argentina; estaba colgada, era un trapo viejo. Me
hacen pasar, me encuentro con 50, 60 o más cuerpos, todos tirados en el piso.
Empiezo a recorrer y doy una vuelta completa. Los cuerpos estaban en bolsas
abiertas, tirados uno al lado del otro; evidentemente los habían tirado, no los
habían depositado. Ahí, estaba Pedro. Entonces, lo suben a una camilla y luego
tengo que empezar toda una serie de trámites estúpidos y los tengo que hacer
por mí mismo. Primero, había que ir al fondo, a una habitación chiquita y
después había que seguir los trámites –creo– en la calle Uriburu, donde están
las oficinas de la morgue.
Vamos allí y nos encontramos con esas
oficinas viejas del Poder Judicial en donde hay mucho aire acondicionado.
Cuando veo eso, pienso que había suficiente lugar para que toda la gente que
estaba en la calle estuviese allí esperando, quizás no tranquilamente pero con
aire acondicionado. Aquí, el único desatino que nos faltaba era sacar número. Había
dos empleados que hacían un expediente en el que, primero la persona era
informada de que el trámite de la morgue no necesita gestores, luego había que
firmarlo, después había que llenar un formulario en donde me preguntaban si mi
hijo había tenido apendicitis u otro tipo de enfermedades; no recuerdo bien,
pero era una serie de papeles absurdos, idiotas, que conformaban todo un
trámite solemne para hacer un expediente. Una vez que terminamos con ese
trámite, nos daban un papelito y con ese papel volvíamos al sector de traslado
y seguía otro trámite en el fondo y el llenado de otro formulario, en
la garita.
En la garita me dicen que tenía que ir
a la comisaría a llenar un formulario. Cuando me dicen eso, yo les digo:
“¿Cómo?”. Me repiten que tengo que ir a la comisaría, a lo que yo les contesto:
“No pienso ir. Que venga el comisario y lo haga acá. Yo no me pienso mover de
acá”. Y agregué: “Después de todo lo que pasé, ¿yo tengo que ir a una comisaría
a llenar un formulario? Háganlo acá”. Ahí se genera una discusión, yo grito,
así que van, consultan y deciden hacer el formulario ahí. ¿Cuál era el
problema? No tenían computadora, así que lo tenían que hacer a mano. Como
consecuencia de esto, tres personas que estaban detrás de mí tuvieron mi mismo
privilegio. Uno de ellos, que después lo recordé, es el papá de María Sol
Urcullú.
Entonces, llenamos el formulario,
fuimos al fondo, y nos habilitaron la entrega del cuerpo. Esperamos a que
llegue el coche de la cochería. Este lapso lo pasamos afuera, en la calle. A
todo esto, ya habían pasado las 12 de la noche del 31 de diciembre. A una
cuadra de allí se escuchaban petardos, se veían brindis, mientras que nosotros
estábamos ahí, en la calle, sentados, viendo el transitar de los que lograban
el beneficio de que a esa hora llegaran los coches de la cochería. Aunque yo
contraté una buena cochería, no logré que evitasen el brindis, así que recién a
las 4 ó 4 y 30 de la mañana pude retirar el cuerpo de mi hijo.
El día 1° de enero, luego del velorio y
del entierro, y después de todos los privilegios que había obtenido como
consecuencia de los gritos, quise volver a la morgue para ver si podía hacer
algo por alguien, gritar por alguien, porque había mucha gente que no gritaba
porque quizás no sabía gritar, o no se atrevía y entonces hacía cola, como
también había mucha gente que no tenía auto y había llegado en colectivo.
Nievas ayer me dijo: “Escuché lo que
contaba Beatriz Campos y yo todo eso lo hice caminando y en colectivo”.
Al respecto, en algunas de las
declaraciones de la comisión yo escuché que había móviles para los familiares.
Esto es una burda mentira. Cada uno se arreglaba como podía. No hubo nada;
absolutamente nada. Ni siquiera una indicación –no móviles–; ni siquiera se nos
dijo dónde teníamos que ir. Por lo tanto, la persona que no tenía medios, tenía
que caminar.
Así ocurrieron cosas como, por ejemplo,
que algunos de estos roñosos abogados ofrecieron sus móviles, sus autos, para
“hacerle la cabeza” al que llevaban, y entregarle una tarjeta al final. Esto le
pasó a alguien, y es uno de los abogados que yo denuncié.
Al día siguiente volví, y a las 6 de la
tarde nos encontramos con una carpa de Defensa Civil en la esquina, que más
bien parecía una carpa de propaganda, porque en ella habían dos personas sentadas,
sombrillas y mesitas. Obviamente, todo estaba mucho más tranquilo y parecía que
había asistencia. Pero esto era el 1°, a las 6 de la tarde, mientras que cuando
nos fuimos de la morgue todo era un caos.
Yo también allí me encontré con Gastón
Pauls, quien tenía un sobrino o un amigo de un sobrino, y nos pusimos a hablar.
También vi muchos vecinos ayudando. Después, a la noche, nos fuimos.
Esa noche solo, muy indignado, con
mucha bronca, y con esa manía que tengo quizás como abogado de anotar todo lo
que haré, me puse a hacer una lista de lo que iba a realizar;
a quién iba a denunciar, a quién iba a demandar. Después de haberlo hecho
–tenía el diario Clarín y unas
fotos–, se me ocurrió mandárselo a un periodista, de quien tenía el e-mail. A partir de allí, empezó todo
esto. Al día siguiente me llamaron y empezó esta lucha de los familiares.
Hasta
aquí llega el relato. No sé si he contestado adecuadamente la pregunta.
Sr. Enríquez.- Doctor Iglesias: si
bien usted hizo referencia sólo a dos personas que le dieron una suerte de
apoyo –un comisario inspector y un sacerdote–, quiero preguntarle si fue
asistido por algún funcionario del Gobierno de
Sr.
Iglesias.-
Nunca.
Sr.
Enríquez.- ¿El Jefe de Gobierno lo recibió en esa oportunidad, durante esos
días o a posteriori?
Sr.
Iglesias.- No; pero si hubiese tenido la oportunidad, no lo hubiera ido a ver.
Sr. Enríquez.- Usted manifestó ser
querellante en dos causas. ¿Puede describir los motivos de esas querellas?
Sr. Iglesias.- Una es la causa por
los hechos de República de Cromañón, que, obviamente, persigue la determinación
de la responsabilidad final de los implicados en el hecho.
La
otra causa es de asociación ilícita, que empezó como consecuencia de que yo
asistí a casi toda la etapa de prueba realizada en la comisión especial;
también seguí la causa, comparando declaraciones, etcétera. Así fue que empecé
a advertir en las declaraciones una gran cantidad de hechos aislados de
corrupción, pero que parecían tener un mismo patrón, que salió de esas
declaraciones.
Entonces,
hice un escrito, en el que hablaba de la existencia de una asociación, que
consistía en evitar o burlar inspecciones a través de cajonear expedientes y de
avisar a través del handy. Fui
mencionando todo esto y presenté un pedido de ampliación de indagatoria de los
funcionarios que en ese momento iban a ser llamados a declarar, como Fabiana
Fiszbin y todos los que declararon en la primera etapa de la causa. El juez la
consideró una causa independiente. La separó y la mandó a sorteo. Obviamente,
el juez que lo recibió se declaró incompetente y la volvió a remitir. Se
convirtió en una causa autónoma, en la que traté de ser querellante. Luego hice más
presentaciones, porque fueron apareciendo otras cosas.
La
causa común se caratulaba “Antuña, Marcelo y otros, sobre asociación ilícita” y
ahora se caratula –como dije– “Fiszbin, Fabiana y otros, sobre asociación
ilícita”. Más allá de la suerte que corrió mi pedido de ser querellante, que el
juez de primera instancia me lo negó por la naturaleza del delito y la cámara,
por una mayoría de dos votos, confirmó la negativa, seguí suministrando
información. Hubo una que fue el resultado de una investigación personal.
Hacía
mucho tiempo que yo veía, por lo que conocía de la causa, algunas situaciones
que se repetían. Por ejemplo, el hecho de que Chabán tenía una suerte de trato
preferencial. En una de las audiencias de la comisión especial declaró el señor
Davidziuk, inspector de la policía del trabajo, que habló de cómo funcionaba
esa área y que, en el momento de su relato, estaba a cargo de Marcelo Antuña y
cuya directora operativa era Fabiana Fiszbin. También estaban otros nombres
conocidos en la causa Cromañón, como Carmen Pruzak. Descriptos los hechos,
según la comparación que hice,
Y este expediente de El
Reventón –o sea, después, boliche República de Cromañón– tiene muchas
singularidades. Empieza con una carátula, como todo expediente, de mesa de
entradas pero, en realidad, empieza con una denuncia que hace –no recuerdo
ahora las fechas exactas, pero es todo de 2003–,el sindicato de músicos,
respecto de muchos locales, entre ellos, El Reventón. Pero en esa denuncia no
se le da entrada, sino que se le da entrada cinco meses después. Y la entrada
se la dan por una orden firmada en un oficio por Fabiana Fiszbin. Claro, como
evidentemente esto estaba fuera del sistema, la carátula dice “expedientes no
codificados”. No es la primera irregularidad que veo en el expediente. Lo
siguiente a la denuncia tenía que ser una inspección. Sin embargo, en lugar de
eso, hay una audiencia de conciliación; y se cita a una audiencia de
conciliación.
Después aparece un acta donde se dice
que se fue a notificar El Reventón, que allí no había nadie y que se frustró la
audiencia de conciliación. En ese acta comparece, como apoderada del Sindicato
de Músicos, una mujer de nombre Romanosky. Casualmente, por esta búsqueda o no
sé cómo fue, entré al Registro de Agentes del Gobierno de
Entonces, esto lo uno con otra cosa que
estuve investigando, que hacía tiempo que estaba persiguiendo. Yo dije: “¿qué
pasó en El Reventón?”. En realidad, lo que había pasado es que esa inspección
se había superado con un pago que había hecho Omar Chabán de los aportes adeudados.
Ese pago aparece después de que se archiva el expediente, al final de éste. El
expediente es un manual de irregularidades. O sea, estaba archivado y después,
cuando evidentemente lo pide la comisión, aparecen los dos recibos del pago de
aportes. Casualmente, el que está pagando los aportes es Omar Chabán. Es medio
absurdo y fíjense que esto es muy singular: Omar Chabán alquiló un local que
inauguró como República Cromañón. No tenía ningún sentido que él se hiciese
cargo de aportes adeudados por El Reventón.
Con esto recordé lo que había pasado con la inspección en Cemento; que se había hecho una inspección donde Cemento carecía de certificado de bomberos, tenía los matafuegos con los talones truchos, carecía de documentos, la habilitación era irregular y era una clausura cantada; sin