s u m a r i o

Sala juzgadora                                                                        4

Iniciación de la reunión                                                              4

Lectura del acta de la reunión anterior                                       4

Declaración testimonial del señor José Iglesias                           7

Declaración testimonial del señor Ricardo Righi                         13

Declaración testimonial de la señora Adriana Mabel Magnoli de Morales       13

Declaración testimonial del señor Alfredo Ayala                         13

Declaración testimonial del señor Pedro Saposnik                      13

Declaración testimonial del señor Armando Cansiani                  13

Finalización                                                                            13

 


Sala juzgadora

 

- En Buenos Aires, en el recinto de sesiones de la Legislatura de la Ciudad Autónoma, a diecinueve días de enero de 2006, a la hora 9 y 59:

 

Iniciación de la reunión

 

Sr. Presidente (Maier).- Buenos días.

        Vamos a comenzar, igual que ayer, con la lectura del acta que nosotros labramos de la sesión de ayer para que la Acusación y la Defensa, es decir los representantes de la Sala Juzgadora y los abogados del doctor Ibarra, formulen las objeciones que les parezcan correspondientes si no están de acuerdo con el texto del acta.

 

Lectura del acta de la reunión anterior

 

Sr. Presidente (Maier).- El Secretario Said leerá el acta.

 

Sr. Secretario (Said).-(Lee): Dice así: “En la ciudad de Buenos Aires, a las 9,40 horas del día 18 de enero de 2006, se reúne la SALA DE JUZGAMIENTO DE LA LEGISLATURA DE LA CIUDAD AUTÓNOMA DE BUENOS AIRES, en el juicio político al Jefe de Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires Sr. Aníbal IBARRA, con la presencia de su presidente, el Sr. Presidente del Tribunal Superior de Justicia, Julio B. J. MAIER, con la finalidad de continuar la audiencia de debate convocada a fs. 170 de estas actuaciones, tras el cuarto intermedio dispuesto el 17 de enero de 2006.

        Se encuentran presentes, además de su presidente, los señores diputados integrantes de la Sala de Juzgamiento Víctor Daniel AMOROSO, Beatriz Margarita BALTROC, Héctor Pastor BIDONDE, Roberto Aníbal DESTEFANO, Facundo Martín DI FILIPPO, Sebastián Miguel GRAMAJO, Silvia Cristina MAJDALANI, Marcelo Fernando MEIS, Laura MORESI, María Florencia POLIMENI, Guillermo SMITH y Elio Antonio VITALI. Se hallan ausentes los diputados Norberto Luis LA PORTA, Helio Dante REBOT y Gerardo José ROMAGNOLI.

        Comparecen los abogados defensores del Sr. IBARRA, doctores Julio Cesar STRASSERA, Julio Fernando GOLODNY y Fernando CASTEJÓN. Por la Sala Acusadora lo hacen los diputados Rubén Ángel DEVOTO, Jorge Ricardo ENRÍQUEZ y Jorge Antonio SAN MARTINO, asistidos por los abogados Mariano SIRITO, Arnaldo FIOCCA, Marcelo PARRILLI, Emiliano BARDELLI y Hernán PEREZ DEMARÍA.

        En el sector del público están presentes familiares de las víctimas de República Cromagnon, diversos medios de prensa escrita, radial y televisiva, y público en general.

El Sr. Presidente de la Sala de Juzgamiento dio inicio a la audiencia con la lectura del acta correspondiente a lo actuado en el día de ayer. Luego de su firma, el Dr. MAIER efectuó ciertas aclaraciones referidas a la recepción de las declaraciones testimoniales y dispuso dar inicio al interrogatorio de los testigos.

A las 10,00 horas comparece la Sra. Beatriz Margarita Enriqueta CAMPOS, de profesión abogada, de 47 años de edad, domiciliada en calle Reconquista 715 de esta Ciudad, quien acredita su identidad con dni nº 12.127.589. Interrogada por las generales de la ley expresa que es pareja y socia del Dr. José Iglesias, padre de Pedro, fallecido en República de Cromagnon. Expresa que es abogada de numerosas victimas querellantes en la causa penal caratulada contra “Chabán, Omar s/ homicidio”, patrocinante del Sr. José Iglesias en la querella contra “Fiszbin, Fabiana por asociación ilícita” y contra Ibarra por abandono de personas. Informada sobre las disposiciones sobre el delito de falso testimonio, prestó juramento de decir la verdad. El Dr. MAIER concedió la palabra a la Fiscalía que comenzó con el interrogatorio de la testigo, luego la defensa formuló preguntas a la testigo. Se hace constar que la parte acusadora hizo reserva de citar a Pablo Javier Espinosa, mencionado por la testigo como uno de los jóvenes presentes en el local República de Cromagnon. La testigo hizo entrega de una copia de la impresión de la foto de Pedro Iglesias, que le fue entregada en el cementerio de la Chacarita durante la búsqueda del cadáver del joven Pedro Iglesias. La declaración terminó a las 11,30 horas.

A continuación comparece Víctor Eugenio CAPILOUTO, empleado, ex director general de defensa civil al momento de la tragedia, de 46 años de edad, domiciliado en Estados Unidos 3275, quien acredita su identidad con dni nº 13.223.278, Interrogado por las generales de la ley, responde que no le comprenden. Informado sobre las disposiciones sobre el delito de falso testimonio, prestó juramento de decir la verdad. El Dr. MAIER concedió la palabra a la Fiscalía que comenzó con el interrogatorio de la testigo, luego la defensa formuló preguntas al testigo. También interrogaron al testigo los diputados MEIS, DESTEFANO, AMOROSO, MAJDALANI, VITALI, BALTROC y BIDONDE. La declaración terminó a las 13,25 horas. Durante la declaración, a las 12,05 se ausenta del recinto la diputada POLIMENI, quien reingresó a las 13,25. A las 12,32 ingresó al recinto el diputado REBOT. Al finalizar la declaración salen del recinto los diputados MAJDALANI y DESTEFANO.

A las 13,30 ingresa al recinto el diputado Gerardo ROMAGNOLI. En ese momento comparece a prestar declaración la Sra. Amelia Esperanza RAMELLA, dni nº 12.420.509, de 49 años, ama de casa, madre de Gabriela Alejandra Borras, muerta en República de Cromagnon, domiciliada en Marañon y Colmayo 1205, Malvinas Argentinas. Interrogada por el Sr. Presidente por las generales de la ley, responde que no le comprenden. Informada sobre las disposiciones sobre el delito de falso testimonio, prestó juramento de decir la verdad. Fue interrogada sólo por los representantes de la Sala Acusadora, Su declaración terminó a las 13,50 horas.

Acto seguido comparece a declarar el testigo Oscar Enrique NATALIO, dni nº 10.777.332, de 52 años, con domicilio en Moreno 1550, Comisario General de la Policía Federal, quien se desempeña como Superintendente General de Seguridad Metropolitana. Interrogado por las generales de la ley, responde que no le comprenden. Informado sobre las disposiciones sobre el delito de falso testimonio, prestó juramento de decir la verdad. El Dr. MAIER concedió la palabra a la Fiscalía que interrogó al testigo. La defensa no formuló preguntas. Los diputados POLIMENI, BALTROC, AMOROSO, BIDONDE, MAJDALANI interrogaron al testigo. Volvió a interrogar la Sala Acusadora y la defensa. Luego lo hizo las diputadas MAJDALANI. A las 14,30 horas termina la declaración y se pasa a un cuarto intermedio hasta las 15,30 horas. Se hace constar que el diputado DESTÉFANO reingresa al recinto a las 13,50 horas. A las 14,10 se retiró el diputado GRAMAJO, quien reingresó a las 14,15.

A las 15, 45 se reabre la audiencia con la presencia de los diputados integrantes de la Sala de Juzgamiento Víctor Daniel AMOROSO, Beatriz Margarita BALTROC, Héctor Pastor BIDONDE, Roberto Aníbal DESTÉFANO, Facundo Martín DI FILIPPO, Sebastián Miguel GRAMAJO, Silvia Cristina MAJDALANI, Marcelo Fernando MEIS, Laura MORESI, María Florencia POLIMENI, Gerardo José ROMAGNOLI, Guillermo SMITH y Elio Antonio VITALI. Se hallan ausentes los diputados Norberto Luis LA PORTA y Helio Dante REBOT.

Comparece el testigo Vicente Marciano HERRÁN, dni nº 10.534.913, 52 años, domiciliado Belgrano 1547, planta baja, Comisario General de la Policía Federal Argentina quien se desempeña como Superintendente General de Bomberos. Interrogado por las generales de la ley, responde que no le comprenden. Informado sobre las disposiciones sobre el delito de falso testimonio, prestó juramento de decir la verdad. El Dr. MAIER concedió la palabra a la Fiscalía que interrogó al testigo. Luego lo hizo el defensor CASTEJÓN. También formularon preguntas los diputados MORESI, POLIMENI, MAJDALANI, BIDONDE, GRAMAJO, AMOROSO, MEIS, DESTÉFANO. También volvió a interrogar la defensa a través de los defensores CASTEJÓN y GOLODNY y la parte acusadora por intermedio del diputado ENRÍQUEZ.

Por Secretaría se informa a los presentes que la testigo Jéssica LIOY, que había comparecido a la citación, debió retirarse por indicación médica.

A las 17,17 horas comparece el testigo Vicente CARLUCCIO, L.E. nº 7.638.405, médico, de 63 años de edad, domiciliado en Juan B. Justo 7877. Interrogado por las generales de la ley, responde que no le comprenden. Informado sobre las disposiciones sobre el delito de falso testimonio, prestó juramento de decir la verdad. El Dr. MAIER concedió la palabra a la Fiscalía para que interrogue al testigo en primer orden. A las 17,30 ingresa el diputado REBOT. A las 17,37 se retira la diputada POLIMENI, quien regresa a las 17,58 horas. Luego interrogó al testigo la defensa. Los diputados GRAMAJO, MAJDALANI, DESTÉFANO, MEIS, SMITH, AMOROSO, BIDONDE formularon preguntas. La diputada POLIMENI se ausenta del recinto a las 18,03 horas y regresa a las 18,14 horas. La diputada MAJDALANI se retiran a las 18,12 horas y reingresa a las 18,31 El diputado REBOT se retira a las 18,12 horas y regresa a las 18,16 horas. El diputado MEIS se retira a las 18,31 horas La diputada MORESI se retira a las 18,35 horas. Ambos regresan 18,40. El Dr. MAIER solicitó permiso a la Sala para que el testigo describa físicamente las oficinas del SAME y como está integrado, lo que fue contestado por el deponente.

Continúa recibiéndose las declaraciones y a las 18,41 horas comparece el testigo Carlos Alberto ZOLOAGA, técnico en seguridad, a cargo de la dirección operativa del SAME, de 39 años de edad, domiciliado en calle Zuviría 64, se identifica con CIPF nº 18.282.109. Es interrogado por el Sr. Presidente sobre las generales de la ley, responde que no le comprenden. Informado sobre las disposiciones sobre el delito de falso testimonio, prestó juramento de decir la verdad. El Dr. MAIER concedió la palabra a los representantes de la Sala Acusadora para que interrogue al testigo en primero orden. Luego lo hace la defensa. Durante el interrogatorio se retiran del recinto los diputados Rebot: sale 18:47 horas y regresa a las 19,54; ROMAGNOLI: sale 19,12, POLIMENI: sale 19,56 regresa 20,08; MAJDALANI: sale 19,59; MORESI sale 20,06 y regresa 20,15 horas.

Se hace constar que a las 19,37 no quedó en el recinto ningún representante de la Sala Acusadora, situación que es destacada por la diputada POLIMENI reintegrándose inmediatamente el diputado ENRÍQUEZ. Se repite la situación a las 19,47 horas y el Dr. ENRÍQUEZ retorna al recinto.

Los diputados POLIMENI, MAJDALANI, BIDONDE, GRAMAJO, AMOROSO interrogaron al testigo. A las 20,15 termina la declaración.

Se dispone un cuarto intermedio hasta las 20,30 horas.

        A las 20,45 horas se reinicia la audiencia con la presencia de los señores diputados integrantes de la Sala de Juzgamiento Víctor Daniel AMOROSO, Héctor Pastor BIDONDE, Roberto Aníbal DESTEFANO, Facundo Martín DI FILIPPO, Sebastián Miguel GRAMAJO, Silvia Cristina MAJDALANI, Marcelo Fernando MEIS, Laura MORESI, María Florencia POLIMENI, Helio Dante REBOT, Guillermo SMITH y Elio Antonio VITALI. Se hallan ausentes los diputados Beatriz Margarita BALTROC, Norberto Luis LA PORTA y Gerardo José ROMAGNOLI.

Comparece a declarar el testigo Milcíades Floreal Arturo PEÑA, de profesión periodista, domiciliado en Honorio Pueyrredón nº 1012, de 42 años, acredita su identidad con dni nº 16.493.503. Es interrogado por el Sr. Presidente sobre las generales de la ley, responde que no le comprenden y que tiene interés a raíz de haber sido Vicepresidente de la Comisión Investigadora Especial de la Legislatura sobre los sucesos de República Cromagnon. Informado sobre las disposiciones sobre el delito de falso testimonio, prestó juramento de decir verdad. El Dr. MAIER concedió la palabra a la Fiscalía para que interrogue al testigo en primer orden. En cierto momento el testigo comenzó a expresar su conocimiento del local Cromagnon luego de los sucesos de la búsqueda de familiares a raíz de su tarea como investigador parlamentario, la defensa objeta las respuestas sobre esa cuestión sobre la base que el testigo fue ofrecido con otro objeto. El Sr. Presidente da lectura al objeto del ofrecimiento y por tal razón hace lugar a la objeción y no permite al testigo manifestarse sobre esta cuestión. El diputado ENRÍQUEZ deja constancia que la fiscalía considera admisible interrogar al testigo sobre su actuación como miembro de la Comisión Investigadora con fundamento en lo dispuesto por los arts. 239 y 355 del CPP de la Nación y formula protesta en tal sentido. El diputado REBOT pidió la palabra para apoyar el planteo del representante de la Sala Acusadora. El Dr. MAIER indicó el criterio de valoración de las preguntas de acuerdo al objeto para el que fue citado el testigo y ratificó la inadmisión de la pregunta.

Durante la exposición del testigo el diputado BIDONDE salió a las 20,58 horas y regresó cinco minutos después. La diputada POLIMENI se retiró a las 22,03 horas.

Con lo que el Dr. MAIER dio por terminada la audiencia del día de hoy y dispuso un cuarto intermedio hasta el día de mañana a las 9,00 horas.”  

 

Sr. Golodny.- Hay un pequeño error de tipeo en la intervención. Cuando se consigna la intervención de la diputada Polimeni, es la fiscalía la que queda sin ningún representante, y el texto se refiere a la Sala Acusadora.

 

Sr. Secretario (Said).- Es lo mismo. Son los representantes de la Sala Acusadora.

 

Sr. Presidente (Maier).- En realidad, yo no los trato como fiscales porque me resulta antipático.

 

Sr. Golodny.- Está bien. Gracias, señor presidente.

 

Sr. Presidente (Maier).- Tiene la palabra el diputado Rebot.

 

Sr. Rebot.- Quiero hacer una aclaración con respecto a mi intervención respecto de cómo quedó registrado en la versión taquigráfica. Aclaro que no fue para apoyar el planteo de la Sala Acusadora, sino para defender la potestad del Tribunal. En este sentido, coincide temporalmente con el planteo de la Sala Acusadora, pero tiene un objeto distinto. No estaba dirigida al testigo que estaba siendo interrogado.

 

Sr. Presidente (Maier).- Por favor, señor diputado, díctele la aclaración al secretario.

 

Sr. Secretario (Said).- Lo voy a leer tal como está, y usted me corrige. Dice así: “El diputado Rebot pidió la palabra para apoyar el planteo del representante de la Sala Acusadora”. ¿Cómo desea que conste?

 

Sr. Rebot.- Si usted quiere, podría quedar que pedí la palabra “para reivindicar la potestad de la Sala a interrogar libremente a los testigos, en orden a la averiguación de la verdad material”.

 

Sr. Presidente (Maier).- Lo corregimos inmediatamente en la versión de la computadora y, a continuación, lo daremos a la firma.

 

Sr. Secretario (Said).- Diputado Rebot: paso a leer la parte pertinente del acta. Diría así: "El diputado Rebot pidió la palabra para reivindicar la potestad de la Sala de Juzgamiento para interrogar libremente al testigo, en orden a la averiguación de la verdad material". ¿Está de acuerdo, diputado?

 

Sr. Rebot.- Sí.

 

Sr. Presidente (Maier).- Si no les molesta, creo conveniente que ahora avancemos con el testimonio del testigo y cuando éste termine, procedamos a firmar el acta.

 

- Asentimiento.

 

Declaración testimonial del señor José Iglesias

 

Sr. Presidente (Maier).- Le pido que, por favor, diga en voz alta su nombre y apellido.

 

Sr. Iglesias.- José Antonio Iglesias.

 

Sr. Presidente (Maier).- ¿Profesión o empleo?

 

Sr. Iglesias.- Abogado. Ejerzo la profesión.

 

Sr. Presidente (Maier).- ¿Edad?

 

Sr. Iglesias.- 54 años.

 

Sr. Presidente (Maier).- ¿Domicilio actual?

 

Sr. Iglesias.- Reconquista 715, 6 “E”, de esta ciudad.

 

Sr. Presidente (Maier).- Ahora, quiero saber si tiene un vínculo de parentesco, dependencia u cualquier otro vínculo que a usted le resulte importante con quien está siendo objeto del juzgamiento, es decir, el doctor Ibarra.

 

Sr. Iglesias.- No tengo vínculos ni familiares ni de amistad con el Jefe de Gobierno. Sin embargo, soy querellante en varias causas penales. Una de ellas es la causa de República Cromañón, que tramita ante el Juzgado de Instrucción N° 1; otra es la causa por asociación ilícita, caratulada “Fiszbin, Fabiana y otros s/Asociación ilícita” que tramita ante el mismo juzgado. En su momento, había una causa caratulada “Ibarra, Aníbal s/Abandono de personas seguido de muerte”, que también tramita ante el mismo juzgado, fue acumulada a la causa Cromañón. Asimismo, soy actor en dos juicios de amparo, caratulados “Iglesias, José Antonio c/Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires”. Uno de ellos, tramita ante el Juzgado Administrativo Contencioso y Tributario, a cargo de la doctora Petrella, y el otro ante el Juzgado a cargo del doctor Juan Lima.

        Salvo estas causas, no me comprenden las generales de la ley.

 

Sr. Presidente (Maier).- Quizás lo que le diga a continuación no tiene sentido, porque usted es abogado y conoce bien el problema. Sin embargo, sólo le indico –a pesar de que usted ya lo conoce– que el Artículo 275 del Código Penal reprime con pena privativa de libertad al falso testimonio, ya sea por acción –no decir la verdad– o por omisión –ocultar la verdad.

Le recuerdo que usted está declarando ante un oficio público competente para realizar este juicio; por lo tanto, el Artículo 3 es aplicable.

Ahora le voy a tomar juramento. Usted puede jurar o comprometerse solemnemente, como más lo desee. Además, si quiere agregar alguna creencia religiosa, le pido que haga una invocación breve a esa creencia religiosa. ¿Jura o se compromete a decir la verdad en cuanto al hecho de este procedimiento y a no ocultar nada?

 

Sr. Iglesias.- Sí, juro decir la verdad.

 

Sr. Presidente (Maier).- Muchas gracias.

        Hemos terminado el interrogatorio formal, por lo tanto, pido a los representantes de la Sala Acusadora que formulen sus preguntas, ya que tienen el testigo a su disposición.

 

Sr. Devoto.- Señor Iglesias: Pedimos que relate todo lo que sabe sobre los hechos ocurridos en el local de República de Cromañón el día 30 de diciembre de 2004.

 

Sr. Iglesias.- En realidad, voy a comenzar relatando mi participación durante el día 30 y el siguiente.

        El día 30, aproximadamente a las 11 y 20 ó 30 mi hijo Ignacio me avisa que estaba viendo por televisión, a raíz de que había recibido un llamado telefónico, el canal de Crónica TV, porque se había incendiado el local donde mi otro hijo, Pedro, había concurrido. Yo sabía que esa noche iba a ver el recital de Callejeros. Mi hijo Pedro también había ido el martes anterior a ver el mismo recital. Hacía como un mes o dos que se había hecho admirador del grupo Callejeros. Entonces, cuando mi hijo me dice que había un incendio en el local, me cambié de ropa y salimos inmediatamente.

        Vamos con el auto, llegamos hasta la avenida Pueyrredón, creo que a 2 ó 3 cuadras, no me acuerdo de si era Pueyrredón o Sarmiento, estacionamos el auto y seguimos caminando, más que caminando íbamos corriendo. Llegamos a la Plaza Miserere hacia el sector del cruce de las calles Ecuador y Bartolomé Mitre, donde está la playa de maniobras de una compañía de ómnibus. Allí, había un grupo de policías encolumnado que no permitía el acceso. Detrás de ellos y a los costados, veía a mucha gente en el mismo estado de desesperación que yo tenía. Aclaro que toda esta búsqueda la hice conjuntamente con Beatriz Campos. Veía que por detrás de los policías había un ir y venir de gente en forma constante; algunos eran médicos, otros eran policías, otras eran personas de civil. Escuchaba a mucha gente reclamando lo mismo que yo: saber algo de lo que había sucedido. Tratamos de pasar a través del cuerpo de policías. Sin embargo, no pudimos y después de un rato, un policía nos dijo: “Acá ya no pasa nada, vayan a los hospitales”. En ese momento, para mí decir que vayan a los hospitales era lo mismo que me digan “vayan a Jujuy”, porque no sabía a dónde ir. No obstante, tuve la suerte de que Beatriz tuviera alguna noción de la ubicación geográfica de los hospitales públicos porque yo no la tengo; conozco algunos pocos, y los que conozco se deben al trayecto que realizo al conducir hacia mi casa.

        Recogemos el auto y en forma acelerada nos dirigimos primero al Hospital Penna, institución que conocí en esa ocasión. Mientras íbamos en el auto, acompañado por Ignacio, que iba en el asiento de atrás, escuchábamos la radio. No sé si fue en ese momento o al volver del Hospital Penna, pero en algún momento de este viaje, escuchamos que en las distintas emisoras de radio estaban transmitiendo esta tragedia. También escuchamos los diálogos o los gritos entre los chicos y la fuerza del orden o no sé qué. En un momento dado, escuchamos una voz y mi hijo Ignacio dijo: “Ese es Pedro”. Cuando Pedro se enojaba decía, como dicen muchos chicos, “¡Pero boludo!”. Esto nos pareció, o creímos que nos pareció, la voz de Pedro. Yo tenía mi celular y obviamente, estaba llamando constantemente a mi hijo. Con él habíamos quedado en que siempre que saliera, con su novia o con quien fuera, yo sabría la hora a la cual regresaba, y que si iba a algún espectáculo, me llamaría al salir por celular, así fuesen las 3 de la mañana. Esto era una regla consensuada entre los dos.

        Como decía, yo lo llamaba, pero no contestaba. Quizás eso que quisimos escuchar
–después me enteré que no era Pedro– nos mantenía la angustia un poco más calmada.

Nos dirigimos al Hospital Penna. Allí habíamos escuchado un aviso de que no nos acercáramos a los hospitales por el congestionamiento. De hecho, el camino hacia el hospital lo transitamos como si fuésemos un patrullero: a toda velocidad, a contramano, y cruzando en rojo.

Cuando llegamos al Hospital Penna pudimos estacionar tranquilamente el auto, entramos, y vimos que había gente –no mucha, pero había– tratando de obtener información. Sí había una ventanita y la gente estaba agolpada, pero nadie daba ninguna instrucción. Beatriz entró a ver; yo la seguí; y después nos fuimos. No encontramos a Pedro. Había una lista pegada en algún lugar, pero no lo encontramos. Nosotros preguntamos sólo por vivos, porque yo no tenía la idea de qué tenía que buscar; sólo tenía que buscar a Pedro.

        Cuando salimos de ahí, nos dirigimos al Hospital Argerich –y no al Churruca que estaba cerca, porque no tenía víctimas de Cromañón.

Con Beatriz ya habíamos conversado de que también había que ir a visitar las morgues. En el caso del Hospital Argerich, tenía que entrar una sola persona y yo estaba realmente aturdido, así que decidió entrar Beatriz. Yo me quedé con la angustia del caso, porque la experiencia de ir a buscar a un hijo a una morgue es lo más terrible que a uno le puede pasar, pero la experiencia de estar esperando que otro lo busque también es dura.

        Por suerte, Beatriz salió y dijo que Pedro no estaba. De allí, y en las mismas condiciones de tránsito, fuimos al Hospital de Clínicas. En este hospital no funcionaba el ascensor, así que creo que subimos nueve pisos.

El Hospital de Clínicas tenía pocos chicos: algunos de ellos, habían estado en Cromañón y estaban sentados en los pasillos, ya que evidentemente habían sido atendidos.

En el Hospital de Clínicas yo solo entré a la morgue, y vi que los cuerpos estaban en camillas, muy negros, sin estar cubiertos. Dije: “Gracias a Dios que Pedro no está acá”. A todo esto, ya sería alrededor de las tres o tres y media de la mañana.

Salimos del Hospital de Clínicas. En todo el viaje habíamos escuchado que la radio pasaba listas de chicos que estaban en hospitales. Ésta era la única información. Así que cuando terminábamos de escuchar algo, yo ya estaba frente a alguna radio, porque yo no manejaba. Es decir, terminábamos de escuchar una radio y pasábamos a otra para ver si escuchábamos otra lista.

En la radio nos fuimos enterando a qué hospitales llevaban a los chicos. A esa hora, se hablaba de que había chicos en el Hospital Posadas en la Provincia de Buenos Aires, lo cual incrementaba nuestra angustia, porque si no lo encontrábamos, no sabíamos en cuántos hospitales íbamos a tener que buscar. También se hablaba de hospitales privados.

Alrededor de las cuatro de la mañana apareció una noticia que nos invitaba a concentrarnos a todos para recibir información en el CGP –que después me enteré que es Dock Sud– de la calle Junín.

        Iban a concentrar la información de dónde estaban ubicados los chicos y nos iban a dar alguna asistencia. Ésa era la información oficial. Llegamos al CGP; no recuerdo la hora. Llegamos hasta la puerta del CGP. A pesar de que había gente, nos fuimos agolpando...

 

Sr. San Martino.- Pido la palabra.

 

Sr. Presidente (Maier).- ¿Me perdona unos instantes, señor Iglesias?

 

Sr. San Martino.- Señor presidente: quiero pedirle una precisión al testigo. Si bien no recuerda la hora, ¿podría dar una banda horaria en la que llegan al CGP?

 

Sr. Iglesias.- Calculo que habré llegado a las tres y media o cuatro de la mañana.

        Como decía, nos aproximamos a la puerta. Había una persiana, una puerta chiquita, un policía y bastante gente. La gente se iba agolpando. Pasaba el tiempo y veíamos entrar gente, que venía de a dos y de a tres personas. Había periodistas alrededor. Seguía entrando gente y pasaban los minutos, que eran eternos. En un momento dado, toda la cuadra estaba llena de gente.

        Mi hijo Ignacio –ya habían llegado sus amigos– se había ubicado en la vereda de enfrente. Yo tenía mi celular y él tenía el suyo. Nos comunicábamos por celular, porque ya estábamos separados por mucha gente. Obviamente, Ignacio estaba como yo. Los amigos habían ido a sostenerlo.

        Mientras tanto, estábamos recibiendo información de la mamá y del papá de Pedro Lagües, que fue uno de los chicos que, gracias a Dios, sobrevivió y que estuvo con Pedro. Pedro fue a Cromañón con un gran amigo Osvaldo Ruiz, que también murió con él. La mamá de Pedro Lagües estaba haciendo las recorridas por otros hospitales y nos decía a cuál no teníamos que ir. Ella había estado en el Ramos Mejía. Cada tanto había comunicaciones. Seguimos esperando la puerta del CGP y la gente continuó entrando. Ya debían ser cerca de las cuatro y media de la mañana. En algún momento la presión era tal que escuché y vi que en el fondo, lejos, a una cuadra, había gente que gritaba, porque seguramente estaban pensando que los que estábamos adelante éramos atendidos. Alguien se desvaneció. En un momento dado recuerdo que vinieron dos personas que querían entrar y como la situación era tan caótica me di vuelta y les dije: “No van a pasar”. Me contestaron: “Tenemos que pasar”. Les respondí: “No van a pasar; basta de que entre gente”. Le dije al policía que apareciera alguien para que explique. Alguien salió, no sé quién era, y dijo: “Los vamos a atender a todos, pero hagan una fila”. Aclaro que en ese momento vi la cuadra llena de gente, de lado a lado. Entonces, le dije –y disculpe la expresión, pero es la que usé durante toda la noche–: “Pedazo de pelotudo, ¿cómo vamos a hacer una fila? Si calculás, la fila va a tener varias cuadras y al que esté al final le vas a dar la información dentro de tres días”. En lugar de contestarme, la persona se fue para adentro. Y seguíamos ahí. Entonces, un periodista que estaba detrás mío me dijo: “Son unos imbéciles.”

        Cuando vimos esto y que una señora se desvaneció, me agarró mucha bronca y a los que estaban al lado mío también, y entramos. El policía que estaba en la puerta quedó dando vueltas, porque era chiquito. Lo atropellamos y entramos. Irrumpimos dentro del local, donde había un grupo de gente –no sé si eran funcionarios– que miraban con cara de “qué estoy haciendo acá”, algunos tenían papeles en la mano. Me pareció que había una máquina de escribir mecánica y alguien que estaba escribiendo. Vimos que había gente que entraba con papeles que, supuestamente, eran las listas. Les empezamos a decir que afuera la gente se estaba matando y se estaba descontrolando; que empezasen a leer nombres, a calmar a la gente, a contenerla. Y ahí había alguien con una lista y me dicen “pero no tenemos megáfono”. Yo le digo nuevamente: “decime, imbécil, ¿no sabés que los patrulleros tienen? Lo deberías saber”. Entonces, el tipo estaba con la lista, se da vuelta, le arrancamos la lista –no me acuerdo bien quién fue de los familiares– y nos llevamos la lista afuera. Y nos fuimos al lado del patrullero. Vino alguien, algún funcionario, tomó la lista y yo le grito al policía “dale el megáfono”. Entonces, el que estaba en el patrullero saca el megáfono y se lo da. Y ahí, no se quién, empezó a leer la lista.

        Mientras esto ocurría, había gritos y empujones. Cuando empezó a leer la lista, que estaba por orden alfabético, se produjo un silencio general y vino la calma. Yo me calmé porque, obviamente, estaba esperando que llegásemos a la letra I y escuchar. Cuando empezó la lectura de los nombres se escuchaban algunos gritos de júbilo; y era irónico, porque lo único que se decía era el nombre y apellido del chico, y un hospital. No se decía si estaba agonizando, si se había salvado o si en ese momento se había muerto. Pasaba el tiempo, pasó la letra I y mi hijo no estaba. En ese momento crucé, porque cuando había empezado la lista y hasta la letra I, los que habían escuchado se iban. Se iban a los respectivos hospitales. Crucé a donde estaba mi hijo, nos miramos, nos abrazamos y hasta ese momento yo no le había avisado a la mamá de Pedro, porque quería encontrarlo. No quería transmitirle angustia. Entonces le digo a Ignacio: “me parece que hay que llamar a mamá; llamala vos o pasámela”. Él la llama y me la pasa. Olga estaba dormida y le digo: “Pedro no volvió, lo tenemos que buscar porque hubo un problema en el local”. Entonces, quedamos en encontrarnos en el Hospital Alemán, porque era el lugar a donde íbamos a ir.

        Aclaro que cuando terminó la lista –estoy, quizás, anticipando algo que hice después– me quedé escuchando hasta el final para saber qué tenía que hacer. Primero escuché hasta el final y después crucé a ver a mi hijo. Terminó la lista y el que leyó se fue para adentro. Yo me acerqué a preguntar qué tenía que hacer. Alguien me dijo de estos funcionarios que tenía que ir a los hospitales. ¿A cuáles? A los hospitales. Es ahí donde cruzo y ahí decidimos ir al Alemán, porque sabíamos que había chicos. Perdón: antes de ir al Alemán pasamos por el Sanatorio Mitre. En el Sanatorio Mitre entro yo a la morgue y ahí vi los chicos tirados en el piso. Había muchísimos. Nos costó mucho entrar. En cada hospital el temperamento era distinto. Nunca nadie orientaba nada. Uno se las tenía que arreglar solo y adivinar dónde estaban los lugares. Todos los hospitales estaban en la misma condición, incluso el Mitre que es un hospital privado. Nadie había dispuesto que alguien atienda a los familiares y que los atienda de una manera determinada. Nadie había organizado nada.

        En la morgue del Mitre no encontré a Pedro. Entre los internados, obviamente, no estaba, porque no estaba en la lista. Eso era lo que yo suponía. Entonces, desde ahí fuimos con el auto al Alemán. Estaba mi ex mujer. Entré yo al Alemán. En el Alemán me atendieron muy bien. Me dijeron los nombres de los que allí estaban. Me dijeron: “todos los que están acá están bien; están internados”. Me dieron nombre y apellido. Me dieron información en la mesa de entradas. O sea, como debía ser en cualquier hospital.

        Después de eso –que habrá sido alrededor de las 6 de la mañana–, en función del lugar en donde estábamos, el que siguió fue el Rivadavia, en la avenida Las Heras. Entramos por esa calle ancha que tiene para el ingreso de las ambulancias. Había una mujer policía en la garita, le dijimos a qué veníamos –ella estaba con un enfermero– y me dijeron que en la morgue había solamente un femenino y un masculino. “Los quiero ver”, les dije; y me dijeron que esperáramos un segundo. Después me dijeron que vaya a la morgue, que estaba al fondo de una curva que hace esa calle y que esperara hasta que fuera la persona que tenía la llave.

        Fui solo, porque tenía que ir uno solo; fueron alrededor de cien metros. La morgue era una habitación, una casa vieja de principios de siglo con puerta de madera vieja. Me quedé en la puerta esperando que venga alguien a abrirla. Al rato apareció alguien, que supongo que era personal de maestranza, con una llave y me abrió la puerta.

Cuando entré me di cuenta que de morgue sólo tenía el nombre. Era un lugar sucio, sin luz y tenía sangre en el piso. Cuando prendieron la luz, pregunte dónde estaban los cuerpos, y me contestaron: “Están allá”, en otra habitación que estaba a oscuras.

Entré solo –el que había traído la llave estaba atrás esperando– y vi dos cuerpos. Estaba todo oscuro. “Tráigame luz o saquémoslos”, dije, y empecé a correr la camilla en la que me habían dicho que estaba el masculino. Cuando la corrí, vi a mi hijo. En realidad, en ese momento no lo quería ver, no lo quería reconocer. En ese instante –que fue durísimo porque no quería que fuera mi hijo– dudé, o me creí la duda, pedí que viniera Ignacio y me quedé ahí. Cuando vino Ignacio, que creo que ya lo sabía, obviamente, lo reconoció.

        Mi hijo estaba con el brazo extendido fuera de la camilla, sangrando –porque, por lo visto, le habían aplicado suero–, con dos apósitos en el pecho y con la sangre cayendo, hasta el momento de ser enterrado. Insisto: el piso estaba lleno de sangre. En un momento dado pegué un grito y después lo saqué a Ignacio.

        Nos fuimos para afuera caminando, le informé a la mamá y nos quedamos sin saber qué hacer. Entonces, nos dicen que teníamos que ir a la comisaría –creo que fue la mujer policía– a hacer el reconocimiento y después volver a retirar el cuerpo. La mujer policía me pidió el nombre del reconocido y el número de documento o el nombre y apellido. Lo anotó en un papel y se lo quedó ella.

        En ese momento había que tomar varias decisiones y una de ellas era llamar a los hermanos. No quería decirles por teléfono lo que estaba pasando; quería prepararlos. Mi hija mayor estaba en la costa. Hablé con mi consuegro y le conté lo que pasaba, pero le pedí, por favor, que no le diga nada, pero que tiene que viajar. Esto sería –insisto– cerca de las 7.

Después de esto, de haber avisado a algunos, recuerdo que, en ese momento, me llama el terapeuta, ya que esa mañana yo tenía que ir a una sesión de terapia, para confirmarla, y le digo: “No voy a poder ir, porque mi hijo se murió”. Digo esto, porque al rato vino el terapeuta.

Lo cierto es que cuando estaba en esta instancia, cuando nos habían dicho esto, saliendo del aturdimiento, le digo a Olga, mi ex mujer, que necesitábamos llevar los documentos para hacer la denuncia en la policía. No sé quién los fue a buscar.

Mientras esperábamos, me quedé sentado en una pared que hay en esta calle de ingreso. Recuerdo que allí me subió la presión, me llevaron a la guardia, me tomaron la presión y me dieron un Lotrial, o no sé qué. Me hicieron sentar en un banquito, que me quedara calmo; luego –no sé cuánto habrá pasado–, me volvieron a tomar la presión y me dijeron que había bajado, y ahí volví a sentarme y me quedé esperando que viniesen los documentos. Cuando llegaron, a las 9 de la mañana –esto que parece tan corto es eterno–, nos dirigimos a la Comisaría 53, que está en República Árabe Siria y Las Heras, muy cerca de ahí. Hacemos la exposición, la toma el oficial instructor, etcétera, y nos da la constancia que teníamos que entregar al personal policial que manejaba las morgueras. Vuelvo al Hospital Rivadavia y allí teníamos que esperar a que llegase la morguera. Nos sentamos ahí, y al rato vino la morguera.

La morguera era manejada por un cabo a quien nunca voy a dejar de agradecerle la humanidad que tuvo en estas circunstancias. Es algo que faltó toda la noche: humanidad. Este cabo me atendió muy bien. Él venía a retirar los dos cuerpos; entonces, le entrego el papel, va con la morguera hasta el fondo y le digo: “¿Podremos verlo de nuevo?”. Él me dice: “No está permitido, pero bueno”. Entonces, me voy caminando con la madre, etcétera. A todo esto serían, aproximadamente, las 10 y 30 u 11 de la mañana; no sé en qué vino mi hija. Primero había llegado mi hijo Mariano. Entramos de nuevo. Lo vemos; lo ve la madre. La escena es tremenda. Salimos. Y al ratito llega mi hija. Cuando me voy para afuera, soy yo el que le doy la noticia. Mi hija caminó esos 150 metros, a los gritos, en un llanto. Lorena había sido una suerte de mamá postiza de Pedro, porque como era la hermana mayor, lo cuidaba y tenía una relación muy especial con él. Le agarró una crisis. No lo quiso ver. Después, la calmamos un poco y quiso entrar. Le pedimos al morguero que nos permitiese entrar y el morguero, nuevamente, lo permitió. Y esto debe ser algo que lo conmovió. Cuando salimos, vimos como cargaban los dos cuerpos: el de una chica y el de Pedro. Y el morguero me dice: “Mire, vaya directo a la morgue, porque como está reconocido no va a quedar en Chacarita”. Ahí tomé conciencia de algo que, como abogado, debía saber, pero en ese momento no me acordaba de nada: había que hacer una autopsia. Me dijeron: “Vaya directo a la morgue, porque como está reconocido, no va a quedar en Chacarita”. Pregunté: “¿A qué hora?”. Entonces, el morguero me dijo: “Tengo que ir a buscar dos cuerpos más, voy al cementerio y de ahí seguramente me van a derivar a la morgue. Así que vaya alrededor de las dos de la tarde".

Fui a hacer el trámite en la cochería: todas esas cosas que no esperaba hacer para mi hijo, como elegir un ataúd, un servicio y un precio. Terminado eso, que me llevó bastante tiempo –ya era el mediodía–, alrededor de la una de la tarde, llegamos a la morgue.

        En la morgue había policías en la puerta, que no dejaban pasar a nadie, y también había gente en la calle. Yo quería entrar, pero los policías me decían que no, que tenía que esperar a que saliera la gente. Y la gente estaba muy nerviosa; obviamente, cada uno recibió esto de acuerdo con su formación como persona. En mi caso, a veces expresaba mis nervios con furia. En un momento dado, como el tiempo pasaba y no ocurría nada, de repente salió alguien y dijo: "Tienen que esperar acá hasta que salgamos con las listas." "¿Qué listas?", preguntamos. Y la respuesta fue: "Las listas de los cuerpos que van llegando."

        Nosotros estábamos en la calle, a sol pleno, solos y esperando. Pasaba el tiempo y, en un momento dado, no sé si empujé, o qué se yo, y me metí. Evidentemente, era lo que había que hacer, porque adentro, en el pasillo, ya había gente: había que empujar.

        Ahí adentro, nos quedamos parados en lo que vendría a ser una calle del garaje por donde entran y salen vehículos fúnebres. En ese pasillo, a la izquierda, había una garita donde se hacían los trámites. En esa garita había una mesita, una repisa y una persona, que después fue recibiendo las listas hechas a mano y las leyó en voz alta.

        Más adelante, había un portón de dos hojas, en el cual había un policía. Este sí que era un animal. Maltrato...

        Pasó el tiempo. Por supuesto, llegaron las dos de la tarde, las tres y las cuatro. Después, comenzaron a franquear el acceso a la gente, porque habían llenado toda la calle y los policías permitían el tránsito de gente. Recuerdo que allí vi muchas caras. En algunos casos, después puede juntar las caras con el nombre. Por ejemplo, allí vi al "Gallego" Fernández, conocido públicamente, que estaba tirado en el piso, llorando desconsoladamente. Tuvo varios ataques; un familiar, que hoy está presenta en la Sala, pudo solucionarlos. Es una amiga, "Pato", que en la morgue –para que se den una idea de cómo estaban organizadas las cosas– tuvo a cargo el orden del tránsito de las morgueras durante toda la tarde y la noche. ¡Un familiar! Si no, se chocaban todos entre sí. Es más: según ella, cuando ya se iba, a la noche, porque habían recuperado el cuerpo de Nayla, alguien desde adentro le dijo: "¡Qué lástima que te vas, porque te necesitamos!" Quiere decir que un familiar estuvo ordenando el tránsito de las morgueras.

        Las morgueras hacían cola. Hacía muchísimo calor. En ese largo tiempo uno especulaba con infinidad de cosas. Sentía el calor y veía a las morgueras que estaban en un patio, eran como diez –estaban al lado de la playa de estacionamiento que está detrás de la Facultad de Ciencias Económicas– y estaban al sol. En ese momento pensaba en el proceso de descomposición del cuerpo de mi hijo y de los chicos que estaban ahí, que no conocía y que ahora conozco los nombres de memoria.

        En ese instante especulaba y pensaba por qué no agarran un camión frigorífico, lo incautan y ponen allí a los chicos. O, ¿por qué no montan una carpa en el estacionamiento y le inyectan frío? Eso me lo preguntaba yo, que no soy especialista, obviamente, en este tipo de cosa. Era la primera vez que estaba en la morguera –aunque estuve una vez cuando tuve que hacer un examen cuando trabajaba en el Poder Judicial, pero nunca en estas circunstancias–; no sabía nada de frío, etcétera.

        Pasaban las horas, salían las listas y se leían de la manera más cruel. Todos los familiares que estaban sentados en la vereda padecieron muchas de las miserias que tiene nuestra sociedad, por ejemplo, la entrega de tarjetas de abogados. Mi hijo Mariano estaba sentado en la vereda y juntó diez tarjetas de abogados que ofrecían sus servicios.

        En enero, con esas tarjetas, hice una denuncia en el Colegio Público de Abogados. Denuncia que el Colegio Público de Abogados desestimó, porque la miseria no sólo estaba allí.

        Mientras estábamos esperando, se leían las listas, la gente gritaba –era una reacción lógica– y los únicos que estaban eran del personal de la Cruz Roja, chicas excepcionales, y vecinos que nos daban agua y café. Recuerdo que a alguien le trajeron una silla de playa, porque estaba descompuesto. No había sillas, ni adentro ni afuera. No había nadie, salvo los representantes de la Cruz Roja y este policía guarango que en un momento me dice: "Córrase, córrase" –yo estaba contra la pared–, "Vaya para afuera"; le digo: "No me pienso mover"; y me repite: "¡Vaya para afuera!"; "¡No me pienso mover!", le contesto; y me dice: "Bueno, si no coopera". Entonces, le digo: "No pienso cooperar". El policía se fue. Él maltrataba a la gente.

        Seguíamos esperando la lectura de las listas, la gente se agolpaba como si fuera una lista de premios, porque todos querían saber, y yo quería llevarme el cuerpo de mi hijo para velarlo.

        Después, pasaban las horas y aparecen en la pared las fotos de cuerpos NN para que la gente fuese a reconocerlo. Las pusieron en un costado; la gente se las tenía que arreglar. Por supuesto, todo esto con la ayuda de las asistentes de la Cruz Roja, que nos llevaban de la mano para acompañarnos. Ésa era la única contención.

        Pasaban las horas y, realmente, no creía lo que me estaba pasando. A eso de las cuatro veo nuevamente al cabo y me dice: "Lo tengo ahí a su hijo, ya se lo van a entregar". Por lo visto, había quedado muy conmovido con las escenas que había visto y parece que nos vio de lejos y se acercó. Pasaron las cuatro, las cinco, las seis, las siete de la tarde y yo dije: "Éste me está mintiendo; todo es verso. No está mi hijo ahí". Además, las listas de los nombres de los cuerpos, cuya autopsia había concluido, venían cada 20 minutos o media hora; y pasaban y pasaban. Supuestamente, debería haberse hecho la autopsia a las dos o tres de la tarde. De hecho, después, en el certificado de defunción de mi hijo, decía que la autopsia se hizo alrededor de las cuatro de la tarde o tres y media. Obviamente, no creo mucho en los certificados de defunción, porque dicen una gran cantidad de mentiras: algunos tienen fechas y horas que no tienen nada que ver con la realidad. La mayor parte de los certificados de defunción son incorrectos.

        A eso de las siete, nos preguntamos que íbamos a hacer. ¿Iba a ir al Rivadavia? Pero ya lo había visto cuando lo llevaron. ¿A dónde íbamos a ir? Decidimos ir a Chacarita, que supuestamente era el lugar a dónde lo habían derivado. Aclaro que todo esto que ocurría en la morgue no sólo lo digo yo, sino que tengo un video de ese momento. Están las imágenes –y, si la Sala quiere, se las ofrezco– en las que los medios de Crónica TV muestran todo esto que menciono.

        Entonces, salgo de allí, nos vamos en el auto a Chacarita…

 

Sr. San Martino.- Pido la palabra.

        Señor presidente: la fiscalía solicita que el video que ofreció el testigo se incorpore a la causa.

 

Sr. Presidente (Maier).- Previamente, tenemos que verlo.

 

Sr. San Martino.- En todo caso, si lo ofrece, después lo podemos ver.

 

Sr. Presidente (Maier).- ¿Lo quieren ver posteriormente?

 

Sr. San Martino.- Sí, señor presidente. Hacemos reserva para poder verlo posteriormente.

 

Sr. Presidente (Maier).- Es que el testigo ahora está declarando.

 

Sr. San Martino.- Por eso, como él lo ofrece, hablé de verlo posteriormente.

 

Sr. Presidente (Maier).- Precisamente, le estoy formulando una pequeña reconversión: ¿por qué no verlo ahora que el testigo está aquí? ¿Usted quiere verlo en secreto?

 

Sr. San Martino.- No, señor presidente.

 

Sr. Presidente (Maier).- ¿A usted le interesa interrogar al testigo sobre esto? Después vamos a decidir…

 

Sr. Iglesias.- No tengo el video acá, pero lo ofrezco y lo puedo traer.

 

Sr. Presidente (Maier).- En todo caso, infórmeme cuando lo tenga. ¿Es un video personal suyo?

 

Sr. Iglesias.- Es una grabación de televisión.

 

Sr. Presidente (Maier).- ¿Usted lo necesita?

 

Sr. Iglesias.- No. No tengo problema. En todo caso, después puedo hacer una copia.

 

Sr. Presidente (Maier).- Le agradezco.

 

Sr. Iglesias.- Retomo mi intervención.

        De allí, nos dirigimos a Chacarita. Yo sabía que teníamos que ir a la Dirección de Cementerios, pero no sabía dónde se encontraba. Llegamos a Chacarita, ya era de noche, y vemos un móvil de Crónica TV. Entonces, imaginamos que ese edificio era la Dirección de Cementerios. Estacionamos el auto en cualquier lado, y entramos. Era un salón amplio. En ese momento, se acerca un muchacho que me pareció que era uno a los que le había gritado en el CGP y, cuando me vio
–porque evidentemente recordaba mis actitudes–, se acercó inmediatamente.

        Ese viaje lo hicimos con mi yerno, que también es abogado, y le planteamos que veníamos a saber qué pasaba porque mi hijo había sido reconocido, en realidad, dos veces: una, en el Hospital Rivadavia, dado que su nombre y apellido había quedado asentado por parte de un miembro de la policía, y la otra, formalmente en la comisaría. Pero me dijeron que allí no podía estar, porque sólo se encontraban los NN y no los reconocidos. Yo insistí, y también lo hizo Beatriz. Entonces, como último recurso, nos dijo que se iba a fijar en la base de datos, pero que sólo figuraban todos los NN.

Empezamos a ver fotos de cadáveres en distinto estado. Creo que esto está en poder de ustedes, dado que ayer he visto la foto de mi hijo. Iban pasando dos fotos por cada uno; debajo tenían un rótulo, con un número de foto y un número de ataúd. La décima foto era la de Pedro. Yo conservo esa foto exclusivamente porque la cara que tiene ahí es de paz. Por suerte para mí –porque esto no le pasó a otros padres– la cara de Pedro es como si estuviese durmiendo. Entonces, la guardé y la conservé. Por eso, está tan ajada, porque la tengo desde ese entonces, para recordar el último momento de Pedro.

        Vemos la foto; mentalmente, tomamos nota del número de ataúd: el 57. Luego preguntamos qué debíamos hacer. Nos responden que debíamos ir a la cámara. Preguntamos dónde estaba la cámara y nos dicen: “Está acá, dentro del cementerio. Los van a llevar un móvil”. Vimos una van. Nos sentamos; esperamos un rato. Después sube una pareja. De noche, la van entra por el cementerio. Cuando llegamos a la cámara, vemos una sucesión de morgueras afuera. El olor que había era terrible y penetrante: era olor de descomposición. Tan así era que nos dieron un barbijo. Toda la gente estaba con barbijo.

        Entramos. Era un sector amplio. Al costado había una especie de puerta –no me acuerdo cómo era– con una mesa. Estaba con mi yerno al lado y él dice: “Venimos a buscar el ataúd 57”. Alguien va para adentro y sale. Después me entero –cuando lo vi declarar en la comisión– que esta persona es el señor Calvo. Nos dijo: “En el ataúd 57 no hay nadie”. Entonces, mi yerno le grita “¡¿Cómo que no hay nadie?!" Y el señor Calvo responde: "¡A mí no me grités!" Yo le digo a mi yerno: "Pará, a partir de ahora te grito yo, pelotudo. ¿Qué pasa con el ataúd 57? ¿Cómo que no hay nadie?" Me contestó que alguien lo había reconocido. ¿Cómo que alguien lo reconoció?, le pregunté. Me dijo: "Sí, alguien ya vino a reconocerlo. Acá puede venir un amigo o alguien a reconocerlo y ya está". Le pedí el acta de reconocimiento. Me muestra una lista de ataúdes marcados con tildes. Le pregunté cómo era posible que alguien se pueda llevar un cuerpo y marcarlo con una tilde; ¿acaso son animales?

        Luego, empiezo a insultar y a decir de todo. Se acercan dos personas que después me enteré que eran policías. Uno de ellos, que era comisario inspector, me calma. Es una paradoja, pero durante todo este trayecto, los que me calman son policías, porque los demás lo único que hacían era hacerme poner irascible. El comisario inspector me preguntó qué me había pasado, y le cuento. Me dijo que me quedara tranquilo, porque me iban a dar una solución. Empieza a llamar por el handy. Entonces, voy al frente, donde está la cámara. Había un banco entre dos árboles. Había gente. Nos sentamos y al rato se acerca un sacerdote. El comisario inspector y el sacerdote fueron las únicas personas de contención. Obviamente, el sacerdote trataba de imprimirme algo de paz.

        Veo que el comisario inspector se pone a charlar. Llama a distintos lugares, a la morgue. Entonces, en algún momento, le dicen a Beatriz que debíamos entrar a reconocer los cuerpos que estaban dentro de la cámara. Después me enteré que en la morgue de Chacarita había 195 ó 196 cuchetas. Es decir, había capacidad para albergar a todos los chicos. No sé cuántos ataúdes había, pero debía haber, por lo menos 50.

        Creo que fue Beatriz la que dijo que esto era disparatado. Entonces, sale la idea de que alguien del personal, con la foto que estaba en la base de datos, fuese a reconocer. Entonces, pedimos la foto. El comisario hace ir a buscar una impresión. Ése es el ejemplar que ayer quedó acá. Cuando estoy con el comisario inspector justo veo al cabo que había manejado la morguera. Él se acerca y nos ve ante esta situación; luego, dice al comisario: “Comisario, a este chico lo llevé yo”. Él lo reconoció por los dos apósitos. Seguía diciendo: “Lo llevé yo”. El comisario responde: “¿Dónde está?”. A lo que el cabo dice: “Está en la morgue, yo lo llevé”. Entonces, el comisario le dice: “Te vas inmediatamente, con esta gente, los llevás a la morgue y recuperás el cuerpo”. En realidad, el cabo no reportaba al comisario, y le dice: “Tengo que ir a hacer otra cosa”. El comisario le dice: “Dejás bajo mi responsabilidad lo que tenés que hacer y acompañás a esta gente”. Subimos a la cabina de la morguera. decir “la morguera” es una generosidad, porque es una camioneta abierta, sin luces, sin frenos y destartalada; empezamos a andar –además, costó hacerla arrancar– a oscuras por la Chacarita. Había luna llena y mi yerno iba indicando el camino, “doblá por acá”. El camino hacia la salida era bastante largo. Fuimos hasta Palermo Viejo, tenía que devolverla porque él trabajaba en el sector de mecánica.

Luego, seguimos en auto hasta la morgue. Cuando llegamos a la morgue, trata de entrar, se lo impiden –“entrar” quiere decir ir adentro del sector donde hacen las autopsias– pero logra meterse, porque conoce a alguien. A los cinco o diez minutos, viene y me dice: “Su hijo está acá”. Ahí me franquean el acceso y tengo que pasar a ver el cuerpo. En el sector a donde se bajaban los cuerpos había una puerta grande que da a un amplio salón, estaba cubierta con una cortina que irónicamente tenía los colores de la bandera argentina; estaba colgada, era un trapo viejo. Me hacen pasar, me encuentro con 50, 60 o más cuerpos, todos tirados en el piso. Empiezo a recorrer y doy una vuelta completa. Los cuerpos estaban en bolsas abiertas, tirados uno al lado del otro; evidentemente los habían tirado, no los habían depositado. Ahí, estaba Pedro. Entonces, lo suben a una camilla y luego tengo que empezar toda una serie de trámites estúpidos y los tengo que hacer por mí mismo. Primero, había que ir al fondo, a una habitación chiquita y después había que seguir los trámites ­–creo– en la calle Uriburu, donde están las oficinas de la morgue.

Vamos allí y nos encontramos con esas oficinas viejas del Poder Judicial en donde hay mucho aire acondicionado. Cuando veo eso, pienso que había suficiente lugar para que toda la gente que estaba en la calle estuviese allí esperando, quizás no tranquilamente pero con aire acondicionado. Aquí, el único desatino que nos faltaba era sacar número. Había dos empleados que hacían un expediente en el que, primero la persona era informada de que el trámite de la morgue no necesita gestores, luego había que firmarlo, después había que llenar un formulario en donde me preguntaban si mi hijo había tenido apendicitis u otro tipo de enfermedades; no recuerdo bien, pero era una serie de papeles absurdos, idiotas, que conformaban todo un trámite solemne para hacer un expediente. Una vez que terminamos con ese trámite, nos daban un papelito y con ese papel volvíamos al sector de traslado y seguía otro trámite en el fondo y el llenado de otro formulario, en la garita.

En la garita me dicen que tenía que ir a la comisaría a llenar un formulario. Cuando me dicen eso, yo les digo: “¿Cómo?”. Me repiten que tengo que ir a la comisaría, a lo que yo les contesto: “No pienso ir. Que venga el comisario y lo haga acá. Yo no me pienso mover de acá”. Y agregué: “Después de todo lo que pasé, ¿yo tengo que ir a una comisaría a llenar un formulario? Háganlo acá”. Ahí se genera una discusión, yo grito, así que van, consultan y deciden hacer el formulario ahí. ¿Cuál era el problema? No tenían computadora, así que lo tenían que hacer a mano. Como consecuencia de esto, tres personas que estaban detrás de mí tuvieron mi mismo privilegio. Uno de ellos, que después lo recordé, es el papá de María Sol Urcullú.

Entonces, llenamos el formulario, fuimos al fondo, y nos habilitaron la entrega del cuerpo. Esperamos a que llegue el coche de la cochería. Este lapso lo pasamos afuera, en la calle. A todo esto, ya habían pasado las 12 de la noche del 31 de diciembre. A una cuadra de allí se escuchaban petardos, se veían brindis, mientras que nosotros estábamos ahí, en la calle, sentados, viendo el transitar de los que lograban el beneficio de que a esa hora llegaran los coches de la cochería. Aunque yo contraté una buena cochería, no logré que evitasen el brindis, así que recién a las 4 ó 4 y 30 de la mañana pude retirar el cuerpo de mi hijo.

El día 1° de enero, luego del velorio y del entierro, y después de todos los privilegios que había obtenido como consecuencia de los gritos, quise volver a la morgue para ver si podía hacer algo por alguien, gritar por alguien, porque había mucha gente que no gritaba porque quizás no sabía gritar, o no se atrevía y entonces hacía cola, como también había mucha gente que no tenía auto y había llegado en colectivo.

Nievas ayer me dijo: “Escuché lo que contaba Beatriz Campos y yo todo eso lo hice caminando y en colectivo”.

Al respecto, en algunas de las declaraciones de la comisión yo escuché que había móviles para los familiares. Esto es una burda mentira. Cada uno se arreglaba como podía. No hubo nada; absolutamente nada. Ni siquiera una indicación –no móviles–; ni siquiera se nos dijo dónde teníamos que ir. Por lo tanto, la persona que no tenía medios, tenía que caminar.

Así ocurrieron cosas como, por ejemplo, que algunos de estos roñosos abogados ofrecieron sus móviles, sus autos, para “hacerle la cabeza” al que llevaban, y entregarle una tarjeta al final. Esto le pasó a alguien, y es uno de los abogados que yo denuncié.

Al día siguiente volví, y a las 6 de la tarde nos encontramos con una carpa de Defensa Civil en la esquina, que más bien parecía una carpa de propaganda, porque en ella habían dos personas sentadas, sombrillas y mesitas. Obviamente, todo estaba mucho más tranquilo y parecía que había asistencia. Pero esto era el 1°, a las 6 de la tarde, mientras que cuando nos fuimos de la morgue todo era un caos.

Yo también allí me encontré con Gastón Pauls, quien tenía un sobrino o un amigo de un sobrino, y nos pusimos a hablar. También vi muchos vecinos ayudando. Después, a la noche, nos fuimos.

Esa noche solo, muy indignado, con mucha bronca, y con esa manía que tengo quizás como abogado de anotar todo lo que haré, me puse a hacer una lista de lo que iba a realizar; a quién iba a denunciar, a quién iba a demandar. Después de haberlo hecho –tenía el diario Clarín y unas fotos–, se me ocurrió mandárselo a un periodista, de quien tenía el e-mail. A partir de allí, empezó todo esto. Al día siguiente me llamaron y empezó esta lucha de los familiares.

        Hasta aquí llega el relato. No sé si he contestado adecuadamente la pregunta.

 

Sr. Enríquez.- Doctor Iglesias: si bien usted hizo referencia sólo a dos personas que le dieron una suerte de apoyo –un comisario inspector y un sacerdote–, quiero preguntarle si fue asistido por algún funcionario del Gobierno de la Ciudad durante todos esos días.

 

Sr. Iglesias.- Nunca.

 

Sr. Enríquez.- ¿El Jefe de Gobierno lo recibió en esa oportunidad, durante esos días o a posteriori?

 

Sr. Iglesias.- No; pero si hubiese tenido la oportunidad, no lo hubiera ido a ver.

 

Sr. Enríquez.- Usted manifestó ser querellante en dos causas. ¿Puede describir los motivos de esas querellas?

 

 

Sr. Iglesias.- Una es la causa por los hechos de República de Cromañón, que, obviamente, persigue la determinación de la responsabilidad final de los implicados en el hecho.

        La otra causa es de asociación ilícita, que empezó como consecuencia de que yo asistí a casi toda la etapa de prueba realizada en la comisión especial; también seguí la causa, comparando declaraciones, etcétera. Así fue que empecé a advertir en las declaraciones una gran cantidad de hechos aislados de corrupción, pero que parecían tener un mismo patrón, que salió de esas declaraciones.

        Entonces, hice un escrito, en el que hablaba de la existencia de una asociación, que consistía en evitar o burlar inspecciones a través de cajonear expedientes y de avisar a través del handy. Fui mencionando todo esto y presenté un pedido de ampliación de indagatoria de los funcionarios que en ese momento iban a ser llamados a declarar, como Fabiana Fiszbin y todos los que declararon en la primera etapa de la causa. El juez la consideró una causa independiente. La separó y la mandó a sorteo. Obviamente, el juez que lo recibió se declaró incompetente y la volvió a remitir. Se convirtió en una causa autónoma, en la que traté de ser querellante. Luego hice más presentaciones, porque fueron apareciendo otras cosas.

        La causa común se caratulaba “Antuña, Marcelo y otros, sobre asociación ilícita” y ahora se caratula –como dije– “Fiszbin, Fabiana y otros, sobre asociación ilícita”. Más allá de la suerte que corrió mi pedido de ser querellante, que el juez de primera instancia me lo negó por la naturaleza del delito y la cámara, por una mayoría de dos votos, confirmó la negativa, seguí suministrando información. Hubo una que fue el resultado de una investigación personal.

        Hacía mucho tiempo que yo veía, por lo que conocía de la causa, algunas situaciones que se repetían. Por ejemplo, el hecho de que Chabán tenía una suerte de trato preferencial. En una de las audiencias de la comisión especial declaró el señor Davidziuk, inspector de la policía del trabajo, que habló de cómo funcionaba esa área y que, en el momento de su relato, estaba a cargo de Marcelo Antuña y cuya directora operativa era Fabiana Fiszbin. También estaban otros nombres conocidos en la causa Cromañón, como Carmen Pruzak. Descriptos los hechos, según la comparación que hice, la Dirección de Policía del Trabajo funcionaba con el mismo patrón con que lo hacía la Dirección de Inspecciones, a través de denuncias de particulares, de la “handy-manía”; era el mismo sistema. Este señor contó –lo había llevado a esa audiencia–, que había impreso de la pantalla una actuación de la Policía del Trabajo sobre el boliche El Reventón. Y él cuenta que esa actuación no había generado una inspección; que automáticamente, cuando había una denuncia, se generaba una inspección, pero en este caso no. Luego, investigando, me hago de una copia del expediente.

Y este expediente de El Reventón –o sea, después, boliche República de Cromañón– tiene muchas singularidades. Empieza con una carátula, como todo expediente, de mesa de entradas pero, en realidad, empieza con una denuncia que hace –no recuerdo ahora las fechas exactas, pero es todo de 2003–,el sindicato de músicos, respecto de muchos locales, entre ellos, El Reventón. Pero en esa denuncia no se le da entrada, sino que se le da entrada cinco meses después. Y la entrada se la dan por una orden firmada en un oficio por Fabiana Fiszbin. Claro, como evidentemente esto estaba fuera del sistema, la carátula dice “expedientes no codificados”. No es la primera irregularidad que veo en el expediente. Lo siguiente a la denuncia tenía que ser una inspección. Sin embargo, en lugar de eso, hay una audiencia de conciliación; y se cita a una audiencia de conciliación.

        Después aparece un acta donde se dice que se fue a notificar El Reventón, que allí no había nadie y que se frustró la audiencia de conciliación. En ese acta comparece, como apoderada del Sindicato de Músicos, una mujer de nombre Romanosky. Casualmente, por esta búsqueda o no sé cómo fue, entré al Registro de Agentes del Gobierno de la Ciudad y esta persona figura como inspectora de la Dirección de Policía del Trabajo. O sea que, simultáneamente, estaba embistiendo los dos roles: apoderada del Sindicato de Músicos e inspectora de la Dirección de Policía del Trabajo.

        Entonces, esto lo uno con otra cosa que estuve investigando, que hacía tiempo que estaba persiguiendo. Yo dije: “¿qué pasó en El Reventón?”. En realidad, lo que había pasado es que esa inspección se había superado con un pago que había hecho Omar Chabán de los aportes adeudados. Ese pago aparece después de que se archiva el expediente, al final de éste. El expediente es un manual de irregularidades. O sea, estaba archivado y después, cuando evidentemente lo pide la comisión, aparecen los dos recibos del pago de aportes. Casualmente, el que está pagando los aportes es Omar Chabán. Es medio absurdo y fíjense que esto es muy singular: Omar Chabán alquiló un local que inauguró como República Cromañón. No tenía ningún sentido que él se hiciese cargo de aportes adeudados por El Reventón.

        Con esto recordé lo que había pasado con la inspección en Cemento; que se había hecho una inspección donde Cemento carecía de certificado de bomberos, tenía los matafuegos con los talones truchos, carecía de documentos, la habilitación era irregular y era una clausura cantada; sin