Reflexiones
después de la tormenta en un vaso de agua
Pedro Cazes Camarero
en Poder Autónomo
El
estilo del oficialismo es coherente: seguimos despotricando en las tribunas
y gatillando religiosamente en la mesa. La emancipación
es un hecho político, no financiero. Para conducirnos con autonomía respecto
de Washington, el G7, el BM y el FMI se necesita voluntad política, y para
mantener en reserva veintiocho mil palos verdes mientras la gente come basura,
millones duermen en la calle y la cuarta parte de los argentinos está en la
indigencia, también. Para conducirnos con autonomía es preciso, ante todo,
una decisión autónoma.
Se
hizo lo mismo que cometió Putin hace un año y Lula hace una semana: utilizar los ahorros
acumulados “sobre el hambre y la sed”, en este caso, de los argentinos, para
enderezar la montura ladeada del máximo ícono imperial.
Tanto despotricar contra el Fondo para terminar pagándole adelantado. Si el
ejecutivo argentino fuera un particular y la plata pagada fuera suya, su conducta
podría calificarse de esquizofrénica. Pero no es así, porque los fondos transferidos
son de propiedad de todos los argentinos, y no de Kirchner y de Miceli, por lo que
lo que está en juego no es el patrimonio personal de los que toman las decisiones.
Fondos acumulados, además, a través de la estructura impositiva más regresiva
del mundo, que llena las arcas del Banco Central castigando con impuestos
indirectos como el IVA justamente a los menos favorecidos.
Los
periódicos y
Pero
lo peor es lo que se viene: Nadalich ha adelantado
ya (¡el mismo día que se le pagaron los diez mil palos verdes al Fondo!) que
ni siquiera van a darles los roñosos 75 pesos de aguinaldo, que fueron abonados
los dos años anteriores, a los planes Jefas y Jefes. Y Miceli
aclaró, para que a nadie se le ocurran pavadas, que la plata prevista en el
presupuesto del 2006 recién votado y que iba destinada a pagar la alícuota
de la deuda con el FMI, y ahora queda sin destino, no será gastada en las
acuciantes necesidades populares, ni siquiera en la inversión pública en caminos
y puentes, sino que será fondeada en el “fondo anticíclico”
inventado por Lavagna días antes de su renuncia.
En otras palabras, no sólo no existe ni la más remota intención de producir
políticas redistributivas (lo cual ya nos imaginábamos) sino que la
inversión pública “keynesiana” también queda para las calendas griegas. Sobra
guita, pero no la van a usar. Probablemente para arreglar,
más temprano que tarde, con los acreedores privados que no entraron en el
canje de la deuda y por los que reclama reiteradamente Washington.
Lo
más loco es que se argumente que no puede gastarse esa plata en inversión
porque produce efecto inflacionario, cuando hasta los más ortodoxos y reticentes
de los economistas saben de memoria que la inflación argentina tiene dos orígenes
transparentes: el carácter oligopólico de la oferta
(contra el que pueden tomarse medidas de control estatal que hasta ahora se
administran con cuentagotas) y la insuficiente tasa de inversión productiva,
que podría solucionarse con una parte de las enormes masas de recursos inmovilizados
en el Banco Central.
En
resumen, la tormenta en un vaso de agua desencadenada con fines propagandísticos
desde la cúpula del ejecutivo nacional no puede esconder el hecho de que el
enorme pago que se ha decidido no constituye un acto emancipador sino la reiteración
de una conducta contumaz. Se persigue judicialmente a los represores apolillados
de los setenta, pero se reprime a las manifestaciones de ahora, se propina
gatillo fácil a los jóvenes de ahora y se vota la devolución del Bauen
a sus ex dueños ahora. Mientras, se declaman abstracciones sobre derechos
humanos en los foros nacionales e internacionales. Las tropas argentinas siguen
en Haití, matando un negro aquí y allá, y mientras tanto liberando a los Marines
para reprimir en Irak; esa conducta subimperialista
también es políticamente correcta para los medios oficialistas y los funcionarios.
En una palabra, en lugar de la brutal hipocresía menemista de los 90, que ganaba las elecciones y luego hacía
todo lo contrario de los prometido, hoy el procedimiento
consiste en convertir discursivamente en “progresistas” conductas ostensiblemente
reaccionarias.
El
examen de los medios masivos de comunicación muestra que todas las voces discordantes
han sido prácticamente borradas de la escena por amordazamiento o cooptación.
También se observa, por parte de ciertas corrientes políticas y sociales antaño
de avanzada, una predisposición a tragarse todos los bolazos que se bajan
desde las altas esferas, inclusive los más descabellados. Esta situación no
puede ser eterna. Los discursos no pueden divergir infinitamente y eternamente
respecto del mundo real. A nosotros nos queda decir la verdad y luchar por
la organización autónoma de la indignación de los nuevos protagonistas que
van emergiendo.
16 de diciembre de 2005