Reflexiones después de la tormenta en un vaso de agua

Significado del pago al FMI

 

Pedro Cazes Camarero en Poder Autónomo

El estilo del oficialismo es coherente: seguimos despotricando en las tribunas y gatillando religiosamente en la mesa. La emancipación es un hecho político, no financiero. Para conducirnos con autonomía respecto de Washington, el G7, el BM y el FMI se necesita voluntad política, y para mantener en reserva veintiocho mil palos verdes mientras la gente come basura, millones duermen en la calle y la cuarta parte de los argentinos está en la indigencia, también. Para conducirnos con autonomía es preciso, ante todo, una decisión autónoma.

 

Se hizo lo mismo que cometió Putin hace un año y Lula hace una semana: utilizar los ahorros acumulados “sobre el hambre y la sed”, en este caso, de los argentinos, para enderezar la montura ladeada del máximo ícono imperial. Tanto despotricar contra el Fondo para terminar pagándole adelantado. Si el ejecutivo argentino fuera un particular y la plata pagada fuera suya, su conducta podría calificarse de esquizofrénica. Pero no es así, porque los fondos transferidos son de propiedad de todos los argentinos, y no de Kirchner y de Miceli, por lo que lo que está en juego no es el patrimonio personal de los que toman las decisiones. Fondos acumulados, además, a través de la estructura impositiva más regresiva del mundo, que llena las arcas del Banco Central castigando con impuestos indirectos como el IVA justamente a los menos favorecidos.

 

Los periódicos y la Televisión repiten como loros el argumento de que, ahora sí, tenemos libertad para efectuar políticas redistributivas. Pamplinas. ¿Qué hubiera impedido en 2003 o en 2004, o la semana pasada, modificar las cargas fiscales haciéndole pagar a las transacciones financieras o eliminando el IVA de la canasta familiar?  ¿O subir el mínimo no imponible y elevar las cargas a los ingresos superiores de la escala? ¿O reparar los hospitales y las escuelas que se caen a pedazos, subir las jubilaciones de hambre, ofrecer una renta general mínima a los pobres y desocupados con una parte de la monstruosa suma acumulada ? Nada lo hubiera impedido.

 

Pero lo peor es lo que se viene: Nadalich ha adelantado ya (¡el mismo día que se le pagaron los diez mil palos verdes al Fondo!) que ni siquiera van a darles los roñosos 75 pesos de aguinaldo, que fueron abonados los dos años anteriores, a los planes Jefas y Jefes. Y Miceli aclaró, para que a nadie se le ocurran pavadas, que la plata prevista en el presupuesto del 2006 recién votado y que iba destinada a pagar la alícuota de la deuda con el FMI, y ahora queda sin destino, no será gastada en las acuciantes necesidades populares, ni siquiera en la inversión pública en caminos y puentes, sino que será fondeada en el “fondo anticíclico” inventado por Lavagna días antes de su renuncia. En otras palabras, no sólo no existe ni la más remota intención de producir políticas redistributivas (lo cual ya nos imaginábamos) sino que la inversión pública “keynesiana” también queda para las calendas griegas. Sobra guita, pero no la van a usar. Probablemente para arreglar, más temprano que tarde, con los acreedores privados que no entraron en el canje de la deuda y por los que reclama reiteradamente Washington.

Lo más loco es que se argumente que no puede gastarse esa plata en inversión porque produce efecto inflacionario, cuando hasta los más ortodoxos y reticentes de los economistas saben de memoria que la inflación argentina tiene dos orígenes transparentes: el carácter oligopólico de la oferta (contra el que pueden tomarse medidas de control estatal que hasta ahora se administran con cuentagotas) y la insuficiente tasa de inversión productiva, que podría solucionarse con una parte de las enormes masas de recursos inmovilizados en el Banco Central.

 

En resumen, la tormenta en un vaso de agua desencadenada con fines propagandísticos desde la cúpula del ejecutivo nacional no puede esconder el hecho de que el enorme pago que se ha decidido no constituye un acto emancipador sino la reiteración de una conducta contumaz. Se persigue judicialmente a los represores apolillados de los setenta, pero se reprime a las manifestaciones de ahora, se propina gatillo fácil a los jóvenes de ahora y se vota la devolución del Bauen a sus ex dueños ahora. Mientras, se declaman abstracciones sobre derechos humanos en los foros nacionales e internacionales. Las tropas argentinas siguen en Haití, matando un negro aquí y allá, y mientras tanto liberando a los Marines para reprimir en Irak; esa conducta subimperialista también es políticamente correcta para los medios oficialistas y los funcionarios. En una palabra, en lugar de la brutal hipocresía menemista de los 90, que ganaba las elecciones y luego hacía todo lo contrario de los prometido, hoy el procedimiento consiste en convertir discursivamente en “progresistas” conductas ostensiblemente reaccionarias.

 

El examen de los medios masivos de comunicación muestra que todas las voces discordantes han sido prácticamente borradas de la escena por amordazamiento o cooptación. También se observa, por parte de ciertas corrientes políticas y sociales antaño de avanzada, una predisposición a tragarse todos los bolazos que se bajan desde las altas esferas, inclusive los más descabellados. Esta situación no puede ser eterna. Los discursos no pueden divergir infinitamente y eternamente respecto del mundo real. A nosotros nos queda decir la verdad y luchar por la organización autónoma de la indignación de los nuevos protagonistas que van emergiendo.

 

 16 de diciembre de 2005